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Evitalios

La pitonisa (proyecto de monólogo)

La pitonisa (proyecto de monólogo)

SOY PITONISA desde hace poco, vamos, desde que acerté. Le dije a un conocido que encontré en la cola del supermercado “el día menos pensado, te encuentras con un capullo y te pega un tiro”. Y así fue. El día menos pensado fue un martes, y al conocido le pegaron un tiro. Ahí empezó todo.   

 

El conocido pasó a llamarse Juan y yo pasé a ser su angelita de la guarda. Juan se convirtió en el mejor comercial desinteresado que pudiera imaginar. Mi casa, hasta entonces sólo eso, pasó a ser la plaza mayor donde se reunía cada tarde todo aquel que, de muy buena tinta, sabía que allí había una pitonisa, una pitonisa muy buena. Ésa era yo. “Rita, pitonisa.” Todavía se me ponen los pelos de punta de la emoción.  

 

Fue Juan quien me planteó la necesaria idea de convertirme al “pitonismo”, como él mismo lo llamó. Y yo, que por aquel entonces todo lo que no entendía lo buscaba en mi super enciclopedia Salvat —una mala manía la tiene cualquiera— no dudé en interesarme por una ciencia tan oculta... que ni tan sólo aparecía en los libros. También tengo que decir que tampoco tenía nada más interesante que hacer, y que me proporcionara mayores beneficios económicos sin necesidad de madrugar... Así fue como yo... me lo pensé. O no. 

 

El azar, eso que dicen inventaron los racionalistas para “explicar” aquello que no entendían, a mí me hace las veces de diccionario. Si coges un papel y apuntas las posibles respuestas a una situación, el azar es más limitado de lo que uno cree. El futuro que les espera a otros para nosotros es limitado. Para mí está en una libreta donde he ido anotando, con letra de señorita de colegio, los tres “ejes fundamentales”: el problema, las posibles resoluciones, y mi resolución. La verdad elegida y venerada con todas las plegarias que conozco —yo rezo mientras que el que espera “la respuesta” piensa que estoy en trance— porque, si una cosa tiene mi trabajo, es que se reza mucho, lo que sea, pero que suene a solemne, para que lo que me salga por esa boquita de oro que me ha dado Dios sea la verdadera verdad intachable. O tenga cierto parecido con la realidad, que después ya me encargo yo de encontrar los misteriosos lazos que unen lo que dije con lo que realmente pasó —arriba la imaginación—, o de cambiar de ciudad. Esto último va a ser que no me preocupa, desde mis inicios en las artes misteriosas y ocultas la fama me sigue, vamos, casi podría decir que me acompaña, fiel compañera, cuando de pueblo en pueblo salto a veces con tal de conservar bien alta (y bien colocadita encima de los hombros) mi cabeza. 

 

No es que tenga miedo de fallar. Ya no, lo que ahora me da pánico, me aterroriza, es que a alguno de los clientes apasionados o recelosos que me requieren no le guste mi elección. Porque, si una cosa clarita tengo, es que más de uno viene con un “no te creo timadora” pegado en una cara de “a mí no me vas a sacar el dinero tan fácilmente, chupasangre”. Porque, maldita sea la hora en que se pone a estudiar la gente, cada vez me quedan menos de los “dígame señorita, qué me va a pasar...”. Con estas delicias humanas de bondadosas almas pronto paso a la acción, ellos son mis clientes favoritos, los que realmente creen en mí, en mi esfuerzo soberano por arreglarles la vida, dictándoles el recto camino, ofreciéndoles mis certezas, y cerciorándome del buen uso de sus bienes. Que hay mucho chorizo por ahí, y yo al menos puedo decir bien alto que acerté una vez. Un delito de sangre, oye, que no es cosa de broma. 

 

Almas bondadosas que quizás ya no crean en nada más. Pero hay que ser, siempre, por encima de todo, un profesional, y calmar sus angustias: “Señora, venga para acá que ya le digo yo lo que va a pasar... Uy, mucho me temo que esto no lo voy a poder descifrar con solo una sesión...”, o lo que es lo mismo, “mira vieja, yo no suelto ni pío hasta la tercera vez que pases por caja”. Sin miedo, ni compasión. Al menos no por fuera. En realidad, esos momentos los pasa una con un mal cuerpo que ni te cuento, con un “espero que no se dé cuenta de que me estoy meando encima” escrito en la frente, pero entonces, con la mirada agarrada a la bola de cristal llena de dedos marcados —lo que me recuerda que tengo que comprar limpia cristales—, me toco el pañuelo del mercadillo que me queda que ni pintado en la cabeza, y empiezo a mover las manos, con ese arte que nunca tuve pero que apenas se ve con esta luz tan pobre y encima roja que un día de estos me va a dejar ciega: “Empiezo a ver algo...”. Eso es todo. Suficiente para nuestra primera cita. No se vaya a pensar que Rita es una pitonisa fácil.   

 

Uno de los problemas con los que se encuentra una tiene que ver con las prisas. Hay que ver, la cantidad de clientes que te vienen y quieren que aciertes algo que ellos no saben, y encima te meten prisa. Ayyy, qué mala sangre me entra cuando me meten prisas. Yo necesito mi tiempo, y mis análisis y estudios requieren de un tiempo que no cabe en una visita, oye, mete 235 cábalas en media hora. Imposible, no cabe. Vuelva usted mañana, a la misma hora, con la misma cantidad de dinero, y más calma, chiquillo, que así no tiene manera una de ponerse en trance, y escuchar lo que dicen los Otros.      

 

Girona, enero de 2005    

Valiente mujer

Valiente mujer

“NO PARARÁ HASTA QUE ME MATE, el hijo de puta.” Treinta y cinco años con un asesino en potencia y un asesino a diario. Matando ilusiones y entrega a cañonazos, con el puño cobarde y ciego. Vistiéndole cada día de morado y salpicando de llanto su boca.

 

“Me ha dicho que no me dejará vivir tranquila, que no dejará de hacerme la vida imposible.” La vida imposible. Los días se le cierran en un apartamento pequeño y secreto, el lugar que nadie puede conocer, metida en una jaula que no puede abrir.

 

Valiente mujer que un día echó a correr hacia el otro lado, allá donde la libertad no se paga, lejos del monstruo, dejando convertido en un punto negro un montón de años que escuecen de sólo pensarlos.

 

“Y nadie nunca me dijo nada. Y yo no veía nada, pero es que nadie me avisó ni me dijo nada. Qué ciega, qué ciega...”

 

Y qué cobarde el que te vio y fue mudo todos esos años, y qué valiente mujer has sido que has metido tu orgullo libre en el bolso y te has marchado, cerrando de un portazo tantos años rotos a cachos, cuánto mundo te debe el mundo.

 

“Mi vida la hago de noche, salgo a tender y a recoger la ropa de noche, las cortinas siempre echadas, las salidas limitadas. Él podría verme, podría aparecer en cualquier momento, y me dijo que me...”

 

“En el juicio no me han dejado hablar... Es que dice que han cambiado las leyes... No he podido decirles lo de las palizas... Y ahora a esperar, a ver si me voy a poder separar, aunque él no quiera...” Sus palabras saben a odio seco, a odio duro y palpable, un odio que asusta y asombra.

 

El alejarse del monstruo parece cercano. Pero el deshacerse del miedo, ése que no descansa ni un minuto, el mismo que le hace ver su cara en cada ruido extraño, o cada vez que oye que alguien llama al ascensor, o cada vez que oye pasar un coche a lo lejos o al lado de su casa. El miedo invisible, que se mofa del que cree haberlo visto, ése no parece posible que desaparezca aún.

 

Y eso es ahora lo que más duele. Vivir, tranquila, sin temor a monstruos que llamen a la puerta y no le pidan permiso para quitárselo todo. Quién le dice a Carmen, a María, a Soledad, a Manuela, a Encarnación, a Dolores o a Pilar,... Quién le dice a tu vecina, esa señora menudita y amable, o a tu madre, siempre tan generosa, quién les dice que ya pasó todo, quién las va a salvar cuando aparezca el monstruo, qué más tienen que darle al que les ha querido quitar la alegría y no está loco. Porque no está loco. Y quiere matarlas. Y tampoco está encerrado; es, en todo caso, más libre que ellas.

 

Y mientras tanto, pasaré de puntillas por la vida, ésa que tú destrozaste, maldito criminal, y pasaré sin hacer ruido para que no te despiertes y me veas...  y vengas a mí corriendo y me hundas la cabeza con un palo o me dibujes tu nombre en el estómago con saña y con ganas de verme de nuevo y al fin contigo, como tú, eso es, muerta.

 

Girona, 2004 o 2005

Tatuajes en la cara

Tatuajes en la cara

INICIO UN DÍA CALUROSO el relato de mi relato. Atrás quedan muchos intentos de sacar la cabeza de un agujero mudo en el que alguien o varios alguienes se empeñan en que permanezca, y yo intentando echar de mi casa fantasmas que se han instalado por el morro. Voy a explicar, si me dejan, las razones últimas de que dispongo para demostrar que las tengo todas al llegar a mi decisión. Con detalle o a grandes rasgos definiré mi opción como única y necesaria con la tranquilidad del que se supone estar en lo cierto.

 

“No sabes cómo me siento. Cabreada porque no se me oye de cerca. Imagínate desde lejos. Traicionada porque me han fallado todos los empeños. Impaciente porque parece que se me derrama el tiempo. Sola, sola, sola, en una ciudad de sordos, recortando mis últimos descuentos del jabón de sueños más baratos. Y arrepentida de no comprar suerte, o de no conocer a alguien a quien a la primera le convenzan mis ganas, mi cara, o mi culo.” 

 

La idea es simple. De aquí a dos miércoles voy a quitar de en medio el hasta ahora prioritario propósito: encontrar un trabajo de lo mío. Atrás quedarán entonces todas las carreras perdidas en la búsqueda de un futuro mejor, atrás espejismos que se fueron a vivir con el mejor verano, muy lejos; atrás esfuerzos inútiles y caros. Voy a vender mi extensa colección de “descartados” y mis valiosos “pendientes”. Y regalaré al primero que quiera mis mosqueos soberanos por los furtivos y estúpidos “preseleccionados” (¿me apunté yo a esa oferta?).

 

Antes de regalar a quién la quiera mi ilusión exijo la que considero una justa demanda: quiero que se me devuelvan todos y cada uno de mis curriculums solícitamente enviados, y las esperanzas lecheras que adjunté con ellos. Quiero que se me devuelvan mis miles de tiempos hipotecados, helados, ebrios, aguados y heridos que alguien debió archivar; o directamente tirar. Quiero que se me remitan asimismo los sacos de sueños que pasaron por mis noches. Mis insomnios de malas caras que se retorcían conmigo en la cama, los dolores de barriga inexplicables e insistentes, las ovejitas de bocas grandes y las paredes blancas de ojos cuadrados, mis pensamientos obscenos y mis caricias torpes. Y mi cabeza, igual de torpe, y siempre en otro lado.  

 

— ¿Cecilia? ¡Cecilia! Qué taaaal, cómo estáááás?

— Hola... Sofía...Vaya, qué alegría, guau, bien, bien, ¿y tú?

— Oh... yo muy bien, fantástico, genial, contentísima, tú dirás, trabajando mucho, liadísima, ya sabes, tengo tanto trabajo que...

— ¿Y tu padre qué tal?

— Mi padre, qué tiene que ver... Cómo eres, Cecilia, papá divino, con sus viajes, su tenis...

— Y su empresa, claro, o tu empresa, la de tu fantástico trabajo...

— Pero bueno, chica, ¿a ti que te pasa? No me esperaba este recibimiento después de todo lo que...

— Vale, Sofía, vale, ya vale. Siento mi reacción, coño, últimamente sólo digo tonterías...

— Ahh, adiós Cecilia... (Qué se habrá creído...).  

 

Lo que menos me importa es saber quién se quedará con todos los éxitos ajenos que me pisotean a diario, con todos los rostros dichosos que me abofetearán con su presencia, las sonrisas de otros, medallas brillantes y ajenas.  

 

— Hola, buenos días, ¿Cecilia Martín?

— Sí, ¿de parte de quién?

— Soy Carmelo Caspio, de Blusmontons Stars.

— Un momento, por favor, ¡Ceciliaaaa!, ¡Ce-ci-liaaaa! 

 

En éstas que después de lo sobrehumano del berrido expelido por la mujer aparece Cecilia, con una cara más de haberse caído de la cama que de expectación o sorpresa.  

 

— Vaya mamá, qué potencia..., ¿qué quieres?

— Corre, corre, ponte al teléfono, te llama un hombre, se llama Burmanflash o algo así.

— ¿Burmanflash?, qué raro, no me suena haberlo enviado a la Nasa... je, je... ¿Sí? Hola, sí, soy yo. Sí, ah, claro, claro, sí, muy bien, está bien, lo conozco, claro, soy de Girona, sí, gracias, sí, a las diez, entendido, gracias, adiós, sí, adiós.  

 

La madre de Cecilia se llama Pura, y es pura duda cuando su hija cuelga el teléfono. Tiene preparado uno de sus mejores chillidos por si hay que celebrar que al fin a su hija, que la pobre es una desgraciada, la llaman de un trabajo, que mira que tiene mala suerte con todo lo que vale y a ver si... Pero su gesto parece importarle poco a Cecilia, que no deja de mirar el teléfono. ...

 

— Bueno, ¿qué?

— Bueno qué, ¿qué?

— ¿Que qué te ha dicho?

— Capullo.

— ¿Qué?

— ¿Qué me va a decir? Que ya que tengo experiencia vendiendo enciclopedias que ha pensado en mí para vender ¡¡¡cacharros de cocina!!!!

— Pues no estaría mal, mira, así tendrías tu sueldo, tus paguitas, tus vacaciones...

— Mamá..., no empieces.

— Y podrías dejar de trabajar corrigiendo los libros esos y la discoteca y...

— Y me meto en una olla y a ser feliz, ¿no?

— En una olla no, tendrías tu horario, dormirías tus horas...

— Mamá...

— Y mejor de todo... ¿Adónde vas? Cecilia, hija, ¡que te estoy hablando!  

 

Sería fácil pensar que Pura no respira. Ahora, además, se enfurece y se mete deprisa en la cocina. Esta andaluza buena que no ha visto la Masa pero que empieza a parecerse mucho al mismo tipo no entiende a su hija y porqué no quiere escucharla.   

 

Cacharros de cocina... será capullo... Cada vez lo tengo más claro... Estudia letras, que te saldrán tacos al acabar la carrera... Tacos en vez de versos. Que alguien me explique alguna cosa: ¿no es más importante saber que hoy no sirve para encontrar un trabajo que necesita todo-ser-humano-cuyo-padre-no-sea-el-dueño-de-una-empresa disponer de un bonito título enmarcado en el comedor que cuesta dinero, esfuerzo y tiempo, que dedicarse a conocer los entresijos de una carrera tan enriquecedora como inútil en el mundo real? La cultura no da de comer, eso también lo he aprendido. ¿Y cuántos más se meterán en el agujero?   

 

Cabezazos contra las paredes. Oficio del licenciado en letras (o de enfermedad contagiosa y ridícula, que por lo que parece viene a ser lo mismo) lleno de palabras tatuadas en la cara, el mismo que desde el mismo instante en que sale de la universidad se da cuenta de que el tatuaje no es bello. Pero es que no puedo quitármelos. Pues no hay trabajo para ti. Y qué lástima de tiempo. Y encima no funciona la marcha atrás. Y porqué camino, si cada vez me encuentro más lejos. 

 

— ¿Cecilia Martín? 

— Sí, soy yo...

— Buenos días, soy el trabajo de su vida. Deje de buscarme, no cumple los requisitos. Y además, tampoco existo.

— ¡Es imposible! He soñado contigo todas las noches... Parecías tan real...

— Pues no existo, y déjame en paz. Vende cacharros de cocina y cómprate un coche nuevo.

— No, no... No me conoce, déjeme demostrarle que valgo, déme una oportunidad, ¿oiga?, ¿sigue ahí?

— Hasta que abras los ojos, Cecilia.       

 

Girona, 9 de septiembre de 2003, 12 de agosto de 2004

 

¡Te das cuenta!

¡Te das cuenta!

ENTONCES TE DAS CUENTA de que las cosas importantes no lo son. Entonces se te pasan por la cabeza un sinfín de desencuentros que te chocan y te hacen tambalear. Como cuando ése con quien has compartido hasta hoy cama, comida y situaciones miles, y que conoces tanto, casi te provoca un ataque cuando un día, tan corriente como otro, te dice que ya no quiere compartir más cama, comida y situaciones miles contigo. Él prefiere a otra: él, tu ex todo a partir de ahora.

 

Entonces te das cuenta deque a tu recién Nadie no lo llegaste a conocer del todo, aunque bien te lo pareció y lo hubieras jurado. Y entonces reaccionas de manera histérica o depresiva, y te conviertes a los ojos del mundo en una sombra que se arrastra por los días con toda una serie de fatales muestras del desamor más doloroso... Ojo, sólo a los ojos del mundo, porque a los ojos de tu recién estrenado nadie no hay poderío que te iguale.

 

— ¿Cristina? No te esperaba aquí.

— Yo aún vivo aquí, ¿sabes?

— Claro, perdona, no quería... Vengo a por los libros que dejé arriba, las dos cajas aquellas que...

— Ya sabes donde están.

      ...

— Bueno, ya está, me voy.

— La puerta sigue en el mismo sitio.

— Cristina, ¿estás bien?, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras, me encantaría que fuésemos amigos, yo...

— En estos momentos de mi vida, Carlos, no siento ninguna curiosidad por los tríos, gracias.

— No seas así, por favor.

— Y deja las llaves en la entrada, no quisiera volver a asustarme otro día.

— Muy bien, tú lo has querido así, muy bien... Si no pones de tu parte no tenemos nada qué hacer, no puedo hacer nada más, y tú no pareces entender nada de..., sólo quiero que seamos amigos.

— Y yo quiero que te largues, me sobran amigos.

 

Entonces te das cuenta de que tampoco te conocías a ti mismo. Porque te ves inmerso en estados eufóricos (o patéticos) de los que no tienes narices de salir, y oyes dos mil quinientas veces que “tú eres fuerte y saldrás adelante”, o que “él no te merecía, es un egoísta...”. Y a ti esa especie de compasión que más bien parece sacada de un libro de autoayuda te sirve sólo para lamentarte más fuerte y más rato. Y al final todos llegan a maldecir que llegues a los sitios porque seguro que les aguas la fiesta, o la película, o la copa, o la charla, o todo junto.

 

Y entonces te das cuenta del grado de paciencia que tienen tus amigos, que van a escuchar en repetidas y calcadas ocasiones el actual drama de tu vida sin rechistar, escurriendo de cada lamento su lado bueno, descubriéndote la que será tu nueva vida a partir de ahora, solucionando tus problemas con toda su dedicación, y sólo rechistando en cuantos te hayas ido, hartitos de oírte todo el día.

 

— ¡Holaaaa! ¡Pero bueno... chica, ¿qué te pasa?, vaya careto, qué chunga estás, ¿no?

— Gracias, vosotras también estáis muy guapas.

— Habíamos quedado a la cinco... y todavía no son ni las... ¿Qué ha pasado? ¿Te ha llamado?

— Lo he visto.

— ¿¿Qué?? ¡Qué fuerte, tía, dónde, cuándo, qué te ha dicho, qué asco de tío, el muy cabrón ahora te persigue...!

— Ha venido a casa.

— ¿Ves? Ya te lo decíamos nosotras, éste vuelve, seguro que se habrá hartado ya de la pelandrusca esa, el muy cerdo, pero qué se piensa, qué rápido lo arreglan ellos, qué asco, todos son iguales... Hasta ahí podríamos llegar, ahora le toca sufrir a él... eso, eso, por todo lo que...

— Ha venido a buscar unos libros.

— ¡Unos libros!, qué poco original es.

— Sólo ha venido a buscar unos libros.

— ¿Sólo?, ah, bien, vale, uf... qué calor más mala hace aquí, ¿no te parece? ¿Nos tomamos algo?

 

Y qué decir de los padres, qué gran acierto y qué suerte tener un par de buenos padres, de esos que no te cerrarán las puertas por más cagadas que hayas cometido en tu vida llena de cagadas. Esos a quienes ojalá sólo les debieras la vida, a esos padres que cargan gratis con tu dolor y rabia.

 

— Niña, ¿qué estás haciendo? ¡Qué concentración, hija, así me gusta, que aproveches el tiempo...

— Bueno, no es exactamente...

— Ya era hora que te espabilaras un poco, ya iba siendo hora que te sentaras un rato a aprovechar el tiempo y no estuvieras todo el día...

— Mamá...

—... pendiente del caradura ese, que te ha sacao los ojos, y después te ha dejao tirada...

— Mamá, no...

— Que ya te lo decía yo..., ese chiquillo no me gusta nada para ti, sabe más que las ratas verdes... Con todo lo que tú te has desvivío por él, porque mira que eres tonta...

— Mamá, que te embalas.

— Que sí, que sí, que me voy a callar, pero al final yo tenía razón...

— Bueno, fin de la conversación, Me voy. Un beso, anda campeona, dile a papá que luego lo llamo.

— Come algo, merienda, una leche, ahí hay croisanes de chocolate, y foskitos, que tienes una cara de muerta que yo no sé cómo puedes ir así, y con esos pelos, que pareces una loca...

— Hasta luegoooo.

 

Entonces, te das cuenta de que puede haber malos ratos, que de hecho los hay, y muchos, pero también hay muchas almohadas blanditas o duritas en las que recostar tu cabeza dolorida. Por suerte.

 

— ¿Cristina? ... Qué sorpresa, cuánto tiempo... ¡Estás... genial!

— ¡Hugo! Uf, sí que es verdad, cuánto tiempo... (Y qué bien te sentó...) ¿Te apetece una caña? De repente, me entró sed.

 

Girona, 2004 o 2005. Qué más da.