Ángeles, Marwan

Lo malo es echarte de menos, los labios que nunca mordemos
Lo bueno es saber que en tu ropa interior hay bolsas llenas de caramelos
Lo triste es que vivo en un túnel si no me sujeto a tu ropa
Lo alegre es tu lengua al buscarme que en vez de saliva me trae amapolas
Lo raro es que al irse tu pelo ya no cicatriza la almohada
Normal es que cuando me miras la vida me da seis vueltas de campana
Lo feo es la piel protestando, pidiéndote todas las noches
Lo bello es tu pecho de niña y el vaho abrazado al cristal de tu coche
Lo fácil sería desquererse pero ¿quién rebobina este cuento?
Difícil mirarte a la cara mientras doy pedales contra tu recuerdo
Tu eres un beso sin rumbo y yo un corazón sin respuesta
Los dos nos quedamos sin pulso al rompernos la boca con tanta obediencia
Y es que somos dos ángeles con sexo
El tiempo que ahora pierdo haciendo estas canciones
Es el tiempo que te debo
Dos ángeles con sexo, dos miedos paralelos
Mi boca está clavada en el madero de tu cuello
Lo malo es que siempre te he dado mucho más de lo que tenía
Lo bueno es que dándote todo supe que te di lo que te merecías
Lo triste es que no hay provisiones si estoy lejos de tus caderas
Lo alegre es tocarte el culo en un bar sin que el resto se haya dado cuenta
Lo raro es que a estas alturas ya quiero follarte hasta el alma
Normal es querer conocer el millón de secretos que esconde tu espalda
Lo feo es no ser insolente como fueron Adán y Eva
Lo bello es que anoche aprendí que el kilómetro cero está entre tus piernas
Lo fácil un charco de babas cada ve que viene tu risa
Difícil será olvidar el nombre de los bares donde tu respiras
Tu eres un beso sin rumbo y yo un corazón sin respuesta
Los dos nos quedamos sin pulso al rompernos la boca con tanta obediencia
Y es que somos dos ángeles con sexo
El tiempo que ahora pierdo haciendo estas canciones
Es el tiempo que te debo
Dos ángeles con sexo, dos miedos paralelos
Mi boca está clavada en el madero de tu cuello
Menka (cap. I)

EL DÍA QUE A CARME LE CAMBIÓ LA VIDA empezó como cualquier otro. Se levantó sin necesidad de oír sonar el despertador, se puso el batín celeste y lleno de bolitas y se fue directa al baño. Orinó, como lo hacen las vacas, que parece que tengan mucha prisa o mucho pis. Aunque, antes, refunfuñó “qué fría es la porcelana, madre”. Luego sonrió. Siempre que hacía pis sonreía. Aunque eso sólo lo sabían ella y las baldosas verde pistacho que le quedaban justo en frente. “¡Ay, si las baldosas hablaran!”
Nunca se duchaba por la mañana, prefería hacerlo bien entrada la tarde. Se lavó los dientes, después la cara. Usaba el jabón de toda la vida, porque le dejaba el rostro brillante aunque un poco acartonado. Mientras se ponía la crema antiarrugas, ésa que los días de más calor le dejaba pringosa la frente pero que tan bien olía, se miraba de reojo en el espejo. Nunca le había gustado demasiado su nariz, y con los años todavía menos. “Ahí sigue la muy perra, cada día más grande.”
Se tomó una taza de leche con unas gotas de café y tres cucharadas de azúcar y una tostada con aceite mientras escuchaba las noticias en la tele. “Uno empieza el día de mala gana, cuando busca la realidad”, pensaba. Pero no cambiaba el canal, porque acababan de decir que por fin habían encontrado el cuerpo sin vida de la pequeña Sabrina, entre unos matorrales, e iban a ofrecer en directo las primeras declaraciones de la familia. Había un detenido, el primo hermano de la cría, soltero, de treinta y ocho años. Luego sí. Cuando la madre de la niña parecía que ya había acabado de responder a las preguntas de unos micros que parecían hienas. Más que nada porque la mujer se había desmayado. “¿Has grabado eso?”. Luego sí se sentía como si ella tuviera algo de culpa, “¿qué necesidad tengo de ver esto?”. Pero no antes.
Realidad apestosa aparte, el día que a Carme le cambió la vida bajó por el enclenque ascensor de su edificio a las 8.30 AM. A esa hora solía coincidir con los jovencitos del octavo, esos chicos tan majos pero que no se peinaban ni que les obligaran. Así fue también ese día. Con dos únicas diferencias: no dejaron de reír desde que Carmen dijo “buenos días”, en el sexto, hasta que Carme dijo “adiós”, ya en la planta baja. Por primera vez, salieron antes que ella. De hecho tuvo que esperar a que, entre empujones y cachondeo, se decidieran “de una puñetera vez a salir, que vale ya con tanta bromita”. Tal desbarajuste agotó el tiempo que tarda el ascensor en cerrar de nuevo sus puertas, en el momento exacto en que la mujer ponía de lleno su cara encremada con la actitud de hacer lo propio. El bolso se le cayó al suelo, del porrazo, como también lo hizo su culo. Su perra nariz, rabiando, aguantó el golpe. Porque “que tú no me quieras no significa que yo no sea buena”.
Tardó en reaccionar varios segundos. Acto seguido, todavía aturdida, procedió a reconocerse. El trasero, sólo ligeramente dolorido, gracias al acolchado modelo galletitas y demás bollería de la merendola diaria. El momento delicado, intentar hacer las paces con su nariz previo torpe toqueteo. “Esto no va a ser fácil.” Como cuando intuyes que no eres bien recibido, o no tienes ni idea de cómo acercarte a alguien a quien no has tocado nunca porque “ni falta que me ha hecho”.
“Hay qué ver la de tonterías que lleva una en el bolso”. Y cómo no, alguna que otra sorpresa: vivan las sorpresas aunque nos sirvan para cerciorarnos de que estábamos equivocados. “¡Míralo! El dedal de plata de la prima Rafi, con la de veces que me lo pidió y que yo le perjuré que ya se lo había dado… porque mira que llega a ser pesada, aunque sea mi prima… la pobre. ¿Y eso? ¿Eso estaba en mi bolso?”
“Eso” era un cigarrillo raro, más fino y mal hecho, no de los que venden en las máquinas de tabaco, que esos salen todos iguales y metidos en su cajita bien puestos… “¡Eso es droga!”. La primera reacción, tirarlo: “¡Fuera, fuera!”, contra el espejo. Lo siguiente fue ver cómo rebotaba y se colaba en un santiamén en el bolso. Como se tira un niño sin miedo a la piscina: con muchas ganas y como si sólo pudiera hacerlo una vez.
Ante lo visto y extrañamente excitada, Carme, de manera excepcional, se miró en el espejo, buscando respuestas: “¿tú has visto lo mismo que yo?”. De frente, por cierto, su nariz no era tan grande. “Muy bien, esa cosita se viene conmigo”. Y así fue. A la de tres, se levantó, se atusó el pelo y salió del ascensor. Era martes y en el mercado ya debían estar más que puestas las paradas.
Girona, 18 de junio de 2009
Cómo se come

PARA DELIA, EL DÍA ACABABA mucho más tarde que para los demás. Compaginaba los estudios con el trabajo, así que le tocaba ir a la oficina por la noche a recuperar horas. Ya de madrugada, volvía a paso rápido a casa. No quedaba demasiado lejos, pero no se entretenía, como gustaba hacer cuando recorría la ciudad. Así que sólo descubría el final intocable de los edificios cuando todavía había claridad.
Aquel día había llovido mucho. Los truenos, relámpagos y demás literatura romántica la habían pillado tecleando listados de altas y bajas en el ordenador. Mientras éste echaba humo, ella pensaba en lo que no tenía tiempo de hacer y más deseaba. Dormir hasta aburrirse, ver muchas películas, mirar por la ventana, cerrar los ojos y encontrar un final para su último relato. Quitarse el sujetador y tener exactamente la misma cantidad de pecho, atreverse a tocar la más bonita panza embarazada, decir lo que pensaba de verdad y partirse de risa, insultar a alguien a grito pelao, besar su boca caótica, cambiar de cerebro... Las 02.43 horas. “Mierda, ¡qué tarde es!”
Después de haberse fumado todos los cigarros que le cabían en cinco horas, le empezaba a doler la cabeza. A su izquierda, un montón de papeles con dientes amarillos le recordaron que no había terminado aún. Sin embargo, guardó su última línea y apartó la vista del ordenador. Ordenó la mesa, embutió enseres varios en su bolsa, bebió agua, apagó las luces y salió del despacho.
Chispeaba. Empezó a caminar calle abajo. Ni un alma. Ni los de la basura, ni una pareja metiéndose mano en un banco del parque, ni un gato flaco debajo de un coche. Ni un borracho, un guiri despistado o un sonámbulo. Lo normal de un domingo gironí.
Hora de llegada: 02.54 horas. A escasos metros de su destino, observó luz en el portal. Porque la puerta que separa su casa de la calle es mitad madera mitad cristal. La mitad de todo se ve. Hasta la luz. Las sombras.
Delia no se caracterizaba por ser una obsesionada de nada en particular a excepción de lo que no se podía contar, y no tenía más que una incipiente jaqueca cuando vio la luz encendida. Segundos después, cambiaría de opinión. Una cara, unida a un cuerpo que no era amigo y que nunca hablaba con nadie, se balanceaba tras la puerta. Mirando hacia el enorme espejo que da la bienvenida tras la casapuerta. O que te recuerda quién eres. O te pregunta quién eres. “Vivan los sinvergüenzas que no temen preguntar”, posiblemente hubiera exclamado si no le pesara tanto el cansancio.
El bloque de pisos es viejo. El tiempo que tarda el ascensor modelo Psicosis en llegar, tras accionar el botón correspondiente, excesivo. El ático, planta donde vive Delia, obviamente excelso. El susto que se pega la chica ante la figura tambaleante también es eminente. Entonces, tiene miedo.
Ya no se acordaba del miedo. Antes de que hable, Delia le tapa la boca. “No, no me ha hecho nada. Ni siquiera se inmuta cuando alguien pasa por su lado. Pero no parece de este mundo, aunque este mundo esté lleno de locos.”
¿Cómo se come el miedo? Hincándole el cuchillo primero.
A la mañana siguiente, los chillidos de su compañera de piso la despertaron. Resulta curioso que, en un bloque donde viven como mínimo trece personas, la primera que tenga la necesidad de salir de él sea Ana. Ana, en chándal, dispuesta para ir al gimnasio. Ana y sus gritos, Ana y su boca desencajada, Ana y sus manos heladas, Ana y su ojos perdidos.
Uno piensa que es incapaz de hacer algo, pero es mentira. Delia no sabía que podía clavarle tres veces la llave de casa de su abuela en el cuello a alguien y pudo hacerlo. Alguien mucho más alto y corpulento que ella. Tampoco sabía que podía subir a su piso, toda llena de sangre, y darse una ducha. Secarse la melena porque no es bueno irse a dormir con el pelo mojado: hay riesgo de pillar un resfriado. Poner la ropa manchada en una bolsa de basura y guardarla debajo de la pica, en el lavadero. Enfundarse en el pijama limpio y meterse en la cama. Leer un rato sobre pedagogía y arte, porque le cuesta una barbaridad conciliar el sueño. Ella no lo sabía.
El corazón, que a punto estuvo de salirle por la boca, desistió tras un vaso de leche y varios cigarros. Sus manos dejaron de temblar en algo más de una hora. La mente, en blanco: “al menos ahora miénteme, por Dios”, fue lo último que dijo con sentido. Tras aquel domingo, Delia no volvió a tener miedo. Al menos, no de otros.
Girona, 18 de abril de 2009
Haberlo sido

ELENA NO CONOCIÓ A LUIS hasta que no habló con él por segunda vez. De hecho, no se acordaba de que hubiera habido una segunda vez. Por aquella época, ella no salía sin haber bebido antes (un detalle que no era percibido por la mayoría de los interlocutores que apreciaban su compañía). Por este motivo, muchas conversaciones no pasaban al archivo de su historia. Tampoco solía hacer discriminación alguna por cuestión de sexo, edad, o posición social. Lo que es lo mismo, hablaba con todo Cristo.
En cambio, y para sorpresa de ella (bendito aquel que todavía logra sorprender) él sí que se acordaba, incluso de la trivialidad sobre la que discurrió la breve charla. Al día siguiente, mientras ésta desayunaba tostadas con mermelada casera, esa trivialidad hizo que el rostro del muchacho, cuya sonrisa no le cabía en la cara, se le presentara delante: “¿Y tú qué haces aquí?”
Sin embargo, Elena no se enamoraría de él por ello. Hacía tiempo que no se enamoraba por tan poco. Era muy consciente y en cierto modo estaba orgullosa. Había aprendido. Una interesante lección entre el variado suspenso emocional que tanto la aburría. De alguna manera, que no sabría explicar sin sonrojarse, se había vuelto recelosa de todo aquel que se acercaba, interesado, a ella. “Es una manera de defenderte”, le reprochaban sus amigos más osados. “Es una manera de avanzar”, resolvía para sí, mientras asentía divertida con la cabeza.
Durante gran parte de su vida, había considerado que el amor era una de las razones primeras de la existencia. Pero lo que un día defendió, más tarde le pesó. Y el amor pasó a un segundo término en sus prioridades vitales. “¡A tomar viento!”. Ni mirando de reojillo a Elena —por si se desdecía a última hora de su inesperado giro ideal—, con más pena que gloria, allí que se fue el pobre. “Mejor dedicar esfuerzos a mejorar en aquello que se nos da bien, que quemar ilusiones con aquello que ni siquiera entendemos.” Así de feliz e ingenua vivía Elena, revolcada en su trabajo, hasta que se dio de bruces con una trivialidad: suficiente para desbaratar la más obcecada decisión.
Luis ya conocía a Elena la primera vez que habló con ella. Todos conocían a Elena. Él la miraba con el descaro del que no teme nada y sabe qué quiere. Cuánto tenía no le importaba ahora, porque le faltaba Elena. Hasta aquel día. Cuando ella llegó, como tantas otras veces, saludó a todos y besó a sus amigos. Al pasar por su lado, como no había hecho nunca, le sonrió y se detuvo a saludarle.
Sin embargo, Luis no se enamoraría de ella por eso. La quería antes de que Elena lo viera. De hecho, hacía tiempo que podría enamorarse de un alfiler, porque hacía años que debía estar enamorado de otra persona. Así, se podría decir que lo tenía todo, pero todo es nada cuando no se le da valor.
Hubo una tercera. Dos personas hablan porque así lo desean. Ni siquiera Elena quería engañarse negando tal obviedad. Además, tampoco le cabía “discriminación” en la cabeza. Con su jersey amarillo, ahí estaba Luis —exaltando los ánimos de los que siempre tienen algo que decir, porque no soportan ser invisibles— hablando con Elena, haciendo reír a Elena.
Después, hubo otra conversación, pero no hubo palabras. Le siguió un silencio eterno o etéreo, según estuviera de gorda la luna. Tras él, malentendidos y reproches, porque no todas las frases expresan lo que motivó que fueran dichas. Gritos y más silencio. Lo siguiente fue una partida de póquer entre el orgullo y sus amigos y el cabreo y los suyos. Cuando arreciaron los primeros recuerdos, y la necesidad de sumar nuevas letras a una historia sin líneas, llegaron nuevas sorpresas.
Hoy no están tan cerca, lo cierto es que hace tiempo que dejaron de verse. No importa. Lo bueno de estas historias es haberlo sido. Hay una línea imaginaria en el suelo que separa a las personas. Tiene el poder de parar los pies, de cerrar bocas y de borrar gestos. Se expresa humanamente mediante un prejuicio, un temor, una vergüenza, una timidez. Sólo cuando dos personas se encuentran, esa sabionda sucesión de puntos deja de joder. No es una tregua, es un triunfo.
Girona, marzo de 2009
Mensajes

ABRO LOS OJOS. Mañana fantástica en la ciudad que más me conoce, sol valiente en un febrero que se presenta tan impredecible como su predecesor. “Hoy puede ser un buen día”, plagio, y con esa mentalidad me tomo un soluble aunque prefiero el café. Fuerte. Negro. Amargo que no amargado. Vivan los extremos que no publicitan en la tele pero que nos proporcionan buenos momentos. A lo que iba. Que me pierdo y luego me cuesta tanto encontrarme. El café es como el papel de váter. No se reproduce. Cuando se acaba, tienes que ir a buscar más (es también como la suerte, que tampoco se reproduce ni se contagia. Te toca, o no te toca. Haber estado cerca no es ningún consuelo: casi jode más. Y ser consciente de que le ha tocado a alguien cercano, después de la efusiva felicitación de rigor, sólo te hace sentir un perfecto desgraciado). Perezosa, anoche al acostarme dejé la persiana sin bajar, y lo que anoche me incordiaba hoy es un regalo. Vaya, últimamente recibo muchos regalos. Envueltos en miradas, en roces, en silencios, en risas, en deseos. En olores nuevos y en secretos. La luz me saluda y yo se lo agradezco. “¿Qué hora debe ser?”, le pregunto. “Intuye”, me dice. “Cómo me conoces”, la reprendo, ruborizada, detesto ser un libro abierto hasta cuando nadie me ve. Tras bucear en las profundidades de mi cama amada a pulmón abierto y remolón, rescato el móvil. Entonces lo veo. Un nuevo mensaje. Alguien tiene algo que decirme una mañana de sábado, alguien cuya posible reflexión haya sido: “hoy es día de descanso. Tengo algo que decirle. Aunque mejor no la llamo. A ella le gusta más lo escrito que lo hablado, que no se lo lleva el viento”. Sutil amigo, sutil elección metida en un sobrecito: “eres una buscadora de la verdad”. Me había propuesto no pensar hasta bien entrada la tarde, pero ya se sabe que no todo se rige por lo que nos marcamos. Una gran suerte, por otra parte. Viva la necesidad de improvisar, que nos hace menos bobos. Una hora más tarde, suena, mareado aún, mi teléfono. Sí, sábado por la mañana, ya lo dije. Sonará y sonará, se agolparán las llamadas unas encima de otras, cual orgía de principiantes. En una de ésas, miro por el ventanal inmenso y veo cómo el sol (que es más listo que el hambre y no se está de hostias) hace las maletas, “no me mires así, bonita, me largo a otra postal”. “Volverás”, le atizo. Aunque no lo juzgo: hay un nubarrón cabreado que se está comiendo el cielo. “Éste tampoco debe tener café”, resuelvo, lo más flojito que puedo porque me aterran las tormentas que chillan y lo empapan todo. Las llamadas procedían de distintos puntos de la geografía estatal. Con diferentes acentos y entonación, hablaban sobre lo mismo, problemas, y convergían todas y cada una en mí. Yo, la recién nombrada “buscadora de la verdad”, ahora quemadora ansiosa de cigarros. “Pero, vamos a ver, ¿a vosotros quién os lo ha dicho?” En éstas, al sol se lo estaba tragando el nubarrón, de hecho sólo quedaban de él algunos flecos de luz cada vez más ridículos y la maleta a medio hacer. “Para buscar la verdad a menudo hay que bombear varios litros de mentiras”, le digo a la incrédula persiana mientras la ayudo a bajar. Llueve. Con rabia, como reaccionamos nosotros — los que estamos vivos y un día nos dimos cuenta de que el miedo era sólo una excusa— ante aquellos que se complican la existencia. Cuando deberían buscar nuevos caminos, vidas, suertes. Nuevos errores. A los mismos a los que les deberían escribir mensajes en sus espejos, en sus paredes, en sus cuadros, en sus papeles, en sus cuentaquilómetros, en sus iPhones, en sus cielos: los problemas no son como las tormentas, que la montan gorda pero al final nos dejan tranquilos. Son como las rayas de las carreteras. Por mucho que pintes nuevas encima, siempre se verán las viejas. Y así, es sumamente fácil perderse. En ésas, había vuelto a dar señales de vida el sol, desparramado en melocotones enormes. “¿Me buscabas, bonita?”, proclamó, tan chulito como siempre. “Dame un minuto, ¡el tiempo de subir las persianas!” Girona, 7 de febrero de 2009
Pestiños

— ATIENDE, LINARES. Te he mandado llamar a mi despacho porque necesito que hagas algo. Algo importante. Acércate. ¿Cuántos años hace que trabajas en la empresa?
— Dieciséis, señor Sierra.
— Eso son muchos años, ¿no te parece? Ya es hora de recompensar tu fidelidad para con nuestra empresa. Hablo de nuevas responsabilidades. Lo primero que quiero que hagas es lo siguiente: entrega estos documentos a Jesús. No te entretengas con nadie, ni llames la atención. Te esperaré aquí, estoy a punto de recibir una llamada.
— ¿Jesús?
— ¡No alces la voz! Sí, Jesús, el de la camisa de rayas y los cuatro pelos, está al final del pasillo.
— ¿Jesús?
— Por Dios, Linares, ¿qué no entendiste?
— Jesús nunca me saluda cuando nos cruzamos todas las mañanas en la recepción.
— Eso que te ahorras, Linares. (“¿será verdad que es tonto el tío?”, piensa). ¿Dónde ves el problema? No hables con él. Se lo das y punto, aprisa: están a punto de llamarme.
— ¡Ahora mismo! Se lo doy y punto. Gracias, señor Sierra, por confiar en mí. No voy a defraudarle. Atienda usted a su llamada, ya me encargo yo del resto. Déjeme decirle que para mí es un honor trabajar con usted. En equipo, con usted. Y con Jesús, aunque no me salude ni un solo día. ¿Usted cree que será de fiar? Fíjese que a mí me da que… (Suena el teléfono).
— ¡Linares!
— ¡La llamada importante!
— ¡Jesús!
— ¡Gracias!
Linares empieza a andar, a paso rápido. El diálogo ha quedado cortado por la llamada y la situación le ha puesto nervioso. No puede fallar. Las oportunidades no llegan todos los días. De hecho, no llegan. Qué suerte la suya. Empieza a sudar. ¿No puede fallar? Acaba de recordar otro momento con la misma sensación: cuando su mujer le pilló mintiendo. No le habían robado la cartera con la paga extra unos rusos: se la había gastado en el casino con unas rusas. Suelta una carcajada áspera que llama la atención de los demás empleados. Todos le miran. De hecho, lo miran desde hace un rato, pero él no se ha dado cuenta. “Empezamos bien. Concéntrate, Linares”. No hay tiempo que perder. El pasillo no es demasiado largo y llega pronto cerca de la mesa de Jesús. Duda antes de dejar la carpeta sobre la mesa. A punto de decir algo, le asalta la frase de Sierra: “se lo das y punto”. Nota el sudor. “Y punto”, se repite varias veces. Hasta que oye: “¿qué te trae por aquí, compañero?”. El susto es tremendo. Lanza la carpeta. Primero golpea a Jesús en la sien, después aterriza sobre la mesa. “¡Me ha hablado!”, se dice para sí, fuera de sí. Se da la vuelta, “esto no entraba en los planes”. No tiene respuesta para eso, porque no debía haber preguntas. Empieza a andar. Le arden las orejas. El pasillo es más largo ahora: “esto lo he visto yo en una película”. Linares gesticula algo que no le da tiempo oír. Debe de ser el único, porque toda la oficina está pendiente de lo que pasa. A grandes zancadas, llega hasta el punto de partida.
Ahí sigue Sierra, pegado al teléfono, esperándolo con la mirada. El gesto y la calva irritados, las orejas ardiendo. Una seguro. “Mira que eres tonto, Linares”, reconoce Sierra, echando mano a su cartera. “¡Cincuenta! Son tuyos, Jesús”, grita, frunciendo el ceño. “Gracias”, se oye desde el fondo. Las risas de los demás empleados irrumpen la sala, pasillo incluido.
— ¡Vuelva a su puesto, Linares!, y no levante el culo hasta nueva orden.
“Nueva orden” significó las nueve de la noche. Después de un día tan duro, lo único que quería era llegar a casa. En el trabajo, no estaba acostumbrado a que le llamasen la atención. Bueno, ni en el trabajo ni en ningún sitio. Se sentía aturdido. No entendía de qué se reían todos. Había fallado, eso no era gracioso. No podía olvidar las orejas ardiendo. Las cuatro. Menuda faena le había hecho a Sierra. Valiente cretino que no aprovecha una oportunidad. Cabizbajo, se dirigió a su coche. Condujo casi por inercia, hubiera jurado que el trayecto (“sí, sí, como en aquella peli”) se le hacía más largo. Por fin llegó. Cuando se disponía a abrir la puerta, ¡alguien había cambiado el paño de la cerradura! Sus ojos se abrieron por encima de sus gafas y dieron la vuelta. “No entiendo nada, ¡ésta es mi casa!” No sabía qué estaba sucediendo. Volvía a sudar. Golpeó la puerta, con exigencia. Una y otra vez. Nadie respondió. Se retiró unos pasos hacia atrás, tropezando contra un jarrón de lata. Cogería carrerilla y rompería la puerta, si fuera necesario. Ésa era su casa y ésas eran las hortensias, los rosales y hasta la hierbabuena de su madre. La esterilla fucsia donde dormía Dado, el gato de su madre. Y el balancín blanco donde tomaba el té con sus vecinas… su madre. Esa señora con delantal y rodillo alzado que acababa de abrir la puerta y le amenazaba peligrosamente:
— ¿Se puede saber quién está armando tanto escándalo? Ricardo Linares Buzo, ¡casi me matas de un susto!
— ¡Mamá! Qué haces tú… aquí… ¡en tu casa!
— Pues qué voy a hacer… ¡pestiños! ¡Serás tonto, hijo!
Doblemente cabizbajo, Linares volvió a subirse a su coche. Ni siquiera el olor dulzón que rezumaba a través del paño de cocina lo consolaba. Le encantaban los pestiños. Sobre todo, morder las bolitas de colores con las que su madre los adornaba. Poco a poco, a medida que respiraba niñez, se fue reconciliando consigo mismo. Al fin, llegó a su verdadera casa. La emoción del momento le impidió ver algo: había un coche aparcado delante del porche. Risueño, se dirigió a la cocina tras colgar el abrigo azul marino en el armario. Cuidadosamente. Qué bueno le había salido aquel abrigo, se decía para sus adentros. Y qué buenos estarán estos pestiños, recién hechos. ¡Qué buena que es mi madre! Qué susto que le he…
— ¿Ricardo? ¿Eres tú?
"Reconocería esa voz entre un millón. Sofía. Mi reina." — ¡Sí, soy yo, ya estoy aquí, y he traído pestiños!
— Qué bieeen, cariiiño, que ya estés… eh… ¿Pestiños? ¡Ahora mismo bajo, vete… vete… ¡poniendo la mesa!
La voz de la mujer, en el piso de arriba, sonaba alterada. Deben de ser las alturas, se dijo, divertido por la ocurrencia, Ricardo Linares Buzo. No era muy dado a las ocurrencias, así que el detalle le llenó de satisfacción. Hinchado por el momento, se dispuso a preparar la mesa. La agitación en el piso de arriba cesó a los pocos minutos. En el exterior, un coche arrancó a toda velocidad. “Buen coche, sí señor, y mejor motor”, fueron sus palabras, mantel de tulipanes en mano. Su reina, finalmente, bajó las escaleras recogiéndose el pelo.
— Las servilletas amarillas, amor, están en el segundo cajón. Mira que eres despistado.
— Cómo me conoces… ¡Qué bonita estás esta noche, Sofía!
— Tú que me ves con buenos ojos, Linares.
— Mis ojos sólo tienen… ¿Linares? Es la primera vez que me llamas así.
— Qué boba soy, ni que fuera tu jefa…, anda, ven y dame un beso.
— Tienes las orejas calientes, Sofía.
— Y tú la nariz helada. ¿Y esos pestiños? ¡Puedo olerlos!
— Los he dejado encima de… Creí que no te gustaban.
— ¡A todo el mundo le gustan los pestiños, tonto!
Esa noche, Ricardo Linares Buzo no pegó ojo. A la mañana siguiente, como de costumbre, se levantó antes que su mujer. Salió con babuchas al jardín y recogió el diario. Como de costumbre, estaba mojado. Entró de nuevo en su casa y se preparó un café, cargado. Cargado porque no sabía preparar café: él siempre tomaba leche con cacao. Con cierto ardor de estómago, regresó al lecho conyugal. Buscó en el armario empotrado hasta que encontró una caja de zapatillas J’hayber. Dentro, dinero, canicas y un colgante de oro con la inscripción: “Ricardito”. Se vistió, sin prisas. Su mujer dormía a pierna suelta y depilada. De nuevo en el piso de abajo, entró en la cocina. Tras abrir el gas de los fogones, se dirigió hacia la puerta. Algo le hizo detener. Traje chaqueta, corbata, maletín. Y babuchas. Corrió precipitadamente para dejar las zapatillas modelo perrito Goofy, regalo de su tata Lola, debajo de la cama. Tras anudarse los zapatos a la primera, salió de la casa. Ya no volvería a entrar.
Habían pasado treinta y tres minutos y medio. Tiempo más que necesario para encontrar en el casete de Nino Bravo: “él no te quiere… y nunca te querrá lo mismo que te quise yo”. Del chalet granate, sólo había salido la mayor de las hijas del señor Sierra: “bonitas piernas, sí señor, aunque no puedo decir lo mismo de las caderas…” Una vuelta de cinta después, Sierra apareció por el portón, hecho un pincel. “Ahí estás…”, susurró, triunfal. Tras dos intentos, arrancó el coche. “Hoy es mi día de suerte.” Siguió al hombre unos metros, a la distancia que fijaban las señales de tráfico. Porque vale que estaba a punto de cometer un asesinato con premeditación, pero de ahí a saltarse las normas de la DGT había un trecho. Nunca mejor dicho. Siguió así hasta que vio cómo Sierra recibía y atendía una llamada de teléfono. “Vaya, ¡volvemos al principio!”, exclamó. Entonces, lo hizo: aceleró y rompió el pincel.
— Dios mío, ¡qué horror! ¿Es que no estaba pensando?, le chilló una señora de mediana edad y orejas rojas testigo del suceso.
— ¡Pues claro que estaba pensando! Yo no soy tonto. He aprovechado mi oportunidad.
Girona, 12-15 de diciembre de 2008
Números cardinales, Andrés Suárez

Uno, fue la luna que dejaste en mi colchón.
Dos, tus ojos.
Tres de cuatro barcos naufragaron en la forma de tus modos.
Cinco, las mañanas esperando a que volvieras del trabajo.
Seis canciones llevo (sin dejarte de querer) y aún no he acabado.
Siete los hoteles que dejamos sin aliento y menos solos.
Ocho vinos duelen al pensarte equivocada en brazos de otro.
Nueve teclas grises de un piano de pared desafinado.
Cinco dedos con mis otros cinco te recuerdan demasiado.
Con todo para ti, nada a mi lado.
Si quieres, te ayudo a subir bolsas del mercado.
Si quieres, hacemos el verano algo más largo.
Si quieres, nos quitamos la ropa y leemos algo,
que la luna siempre llena de tus besos.
Once taxis libres enfadados mientras tú y yo de la mano.
Doce, los reclutas que pasaron por tu campo concentrado.
Trece, buena suerte si es que pasas sin maletas por mi barrio,
y puede que el catorce de febrero se nos junte con los labios.
Con todo para ti, nada a mi lado.
Si quieres, toda canción de amor lleva tu nombre.
Si quieres, decimos a Sabina que nos nombre.
Si quieres, buscamos en el cielo más razones,
que la luna es niña que juega y se esconde.
Foto Andrés: Esther Navalón Wamba
Pasa y pisa

UNO SUELE TENER PENSADAS respuestas para cuando le pregunten algo que considere importante. Para mí, una de esas preguntas es "¿por qué escribes?". Después de la sonrisa nerviosa de rigor (que no deseo perder jamás, viva todo aquello que nos pone nerviosos y provoca que, aunque sea por un momento, temamos perder los papeles), rebusco entre mis respuestas desobedientes para decir, sólo y tanto: "Porque lo necesito, y porque cuando escribo sé que todo puede pararse: el hambre, el frío, el sueño, la angustia, mi tiempo".
Todo aquello primario que a menudo es más fuerte que nosotros me da un respiro que yo lleno de palabras. Palabras mías que dejan de serlo muy pronto, algo que no me importa: las palabras son de aquellos que tengan algo que decir y que les importe un pepino la cara que ponga el que tenga el oído más cerca.
Desde niña, tengo palabras deseosas de ser escritas. Por eso también escribo. Guardo un puñado de ellas en cada cosa que veo, espero, busco; en cada cosa que me hipnotiza, me obsesiona, me quita el sueño. O me hace soñar. A menudo tienen tanta prisa como todo lo que pasa y pisa mi mirada. Incansable, mi mirada.
Y no escribo para gustarte a ti, aunque brindaré si sé que hablé como tú. Escribo para contar la vida como mis letras la ven. No espero aprobación, ningún golpecito o porrazo en la espalda. Sólo me sirve seguir avanzando, y seguir sintiendo lo mismo cada vez que me pongo a escribir y me pierdo entre mis letras. Para pararme de vez en cuando, agradecida, cuando alguna voz valiente me diga que ese camino mío está un poco torcido, y que haga el favor de revisar el mapa.
Porque la prisa nos hace más torpes y al final nos hace más lentos. Y yo, que quiero correr porque me puede lo que me hace sentir, valoro como un tesoro que una voz amable o insolente me agarre de las manos y me diga que siga, que siga, que siga. No podría ser de otra manera, querido amigo. Espero cruzarme contigo en alguno de esos caminos llenos de olas... que habrá que romper.
Para Mario, para Jordi, por valientes
Girona, 26 de octubre de 2008
Sin el casi

ESE DÍA, MARGA TENÍA CINCUENTA y dos años y estaba aprovechando que era casi feliz trabajando como profesora de primaria en la escuela privada del barrio de Las Canteras, escuela que para dicho día había organizado una salida al campo con motivo de la llegada del otoño. De carácter reservado, era rubia porque el tinte y su marido lo quisieron así; y llevaba gafas para ver de lejos porque el oculista y su dificultad para leer los rótulos de la carretera también lo quisieron así. Y se le caían, como también se le empezaban a caer las tetas que un día fueron la envidia de la imaginería popular y sus devotos del barrio obrero de la Malaje, donde vivía con su Paco desde que se casaran viente años atrás un 12 de abril. Todos aquellos que las desearon ver o tocar sólo las soñaron, porque durante años Marga las guardó recelosamente y casi con vergüenza bajo camisas, jerseys, o abrigos. Pasaron sus días de esplendor ocultas a los ojos de los demás, por expreso deseo de Paco. “Una pena la vida de esas dos tetas”, se comentaba en las tascas del barrio. “Que no me entere yo de que pasen hambre”, proclamaba un desatado Paco buceando entre las sábanas del lecho conyugal los viernes por la noche, mientras Marga sacaba pecho y pensaba “la frasecita no tiene desperdicio”. A la vez que intentaba, no sin esfuerzo, no perder la concentración, repitiéndose una y otra vez lo que su abuela por parte de padre le decía siempre: “en la vida es casi imposible ser feliz, así que cuando estés cerca… aprovecha para serlo”. La felicidad o aquello que nos hace pensar que estamos muy cerca de ella dura lo que un roce, más bien poco. “O lo justo”, se consolaba Marga, acostumbrada a no pedir demasiado. Paco murió el miércoles que no se levantó a las ocho de la mañana para ir a su trabajo de auxiliar administrativo en una pequeña gestoría ubicada a siete minutos a pie de su piso. Para Marga, murió algunas horas más tarde, cuando por fin la localizó el señor Sierra para comunicarle que Paco no había ido a trabajar esa mañana calurosa del mes de septiembre, justo cuando les acababa de explicar a sus veintitres alumnos de pequeñas narices llenas de mocos que las hojas de los árboles bailaban contentas porque por fin había llegado el otoño. Concretamente, murió segundos después de abrir la puerta de su piso en la tercera planta, puerta E, del bloque marrón que está más cerca del río, a las nueve y treinta y tres. Cuando, tras llamarlo por su nombre como no podía ser de otra forma, no contestó en seguida como hacía siempre y como lo hacía todo: en seguida. Porque eso sí que lo tenía Paco: podía ser muy celoso, pegajoso y no callar ni debajo del agua (el pobre no tenía nada de vista). Pero no había que repetirle las cosas. Y no sólo porque estuviera perfectamente bien del oído, sino porque le gustaba hacer las cosas a la primera, para que Marga estuviera contenta y orgullosa de él siempre. “Soy un tío eficaz”, solía decir Paco, con una sonrisa antimanchas incrustada en la cara. A todo eso, las vecinas del bloque constataban envidiosas lo apañao que era Paco con las cosas de la casa y los vecinos del bloque se resignaban mosqueados porque el tío era un calzonazos. Los puntitos de luz que parecían agujeros de bala de las persianas acabaron por confirmar lo que Marga ya intuía y estaba a punto de ver por primera y última vez. Sólo le bastó entreabrir la puerta para cerciorarse de que algo no iba bien. No se equivocaba: Paco, en la cama, ¡destapado! La cosa no podía presagiar nada bueno. Ni siquiera las noches de más bochorno olvidaba taparse hasta el cuello, para salvaguardarse de las corrientes de aire o de los mosquitos; o de los cacos o del coco. “Tapaditos no nos van a encontrar”, le respondía siempre que ella se burlaba de aquella manía que asumía sin demasiada ilusión. En aquel momento, Marga tuvo la morbosa sensación de que su marido lo sabía: aquella noche el coco vendría a buscarle. Acto seguido, tuvo otra sensación, esta vez de un romanticismo inusual en ella: “el pobre no opuso resistencia, para que se lo llevaran a él pero me dejaran en paz a mí”. Posteriormente, la mujer incrustó una sonrisa de orgullo en su rostro y permaneció así el tiempo que tardaron los puntitos de luz de las persianas que parecían agujeros de bala en desaparecer. Jamás confesaría a nadie la existencia de ambas sensaciones. Los meses siguientes a aquella mañana calurosa de septiembre pasaron sin hacer mucho ruido ante el piso de Marga. La familia y amigos que usaron las tardes de esos meses para conocer los avances y retrocesos en la recuperación anímica de Marga constataron dos cosas: la primera, que Paco estaba muerto, porque no había rastro de él en ninguna parte del piso; y la segunda, que les costaba creer que ese hombre hubiese existido alguna vez, porque en ninguna parte del piso habían observado el más mínimo indicio de que dicho hombre hubiese vivido allí durante veinte años. Algo, esto segundo, que hubieran echado por tierra los componentes de la brigada de limpieza del barrio de la Sesilla y el camión de la basura en el caso de que los camiones hablaran. (Algo, esto segundo, que es una suerte porque, no sabemos si a todos, pero a éste seguro que le olería la boca a demonios.) Los efectos personales de Paco, convertidos ahora en recuerdos de un tiempo agotado, fueron trasladados vía bolsa de plástico o caja de cartón hacia el mismo sitio: un verde y vago contáiner que no se abría más que un poco. Un poco que no solía ser suficiente para meter todo lo que Marga hubiese querido tirar de una vez. Porque, sin casi darse cuenta o deseándolo con todas sus fuerzas, su principal objetivo, necesidad u obsesión desde que se despidiera del que fue la alegría de sus tetas durante tantos años había sido deshacerse de todo lo que llevara su nombre o su olor. Así que necesitó valerse de algunos meses para rellenar el contáiner de lo que fue Paco. Ante la pregunta, efectuada el 18 de julio del año siguiente al fallecimiento de Paco, de porqué borró toda prueba incriminatoria de una vida conjunta con el que fue su marido, Marga, con una nueva imagen en la que destacaba la ausencia de sus habituales gafas, el cabello ligeramente oscurecido y recogido en una juvenil cola, y ataviada con un vistoso vestido de tonos malvas que dejaba parte de sus hombros al descubierto, contestó: “Durante años, Paco fue el hombre de mi vida. Le quería, por eso tuve que olvidarlo en seguida, desde el primer día en que faltó. Casi lo he conseguido”. Tras pronunciar estas palabras, dibujó una sonrisa en su rostro. Girona, septiembre de 2008
Tela

CUANDO QUISO BESARTE, todo se trastocó. Podría imaginármelo: habías elegido viajar al sur por carretera, tú siempre volvías al sur. Allí donde siempre te esperan y de donde siempre volvías con la mochila llena de cosas que nunca pesan. Conducías sin prisa, xino xano como tan bien se dice aquí y que tanto pega ahora que estamos en medio de unos juegos llenos de chinos redondos de oro, plata y bronce. Y de preguntas que cuesta responder sin recurrir a la palabra interés en cada respuesta, y de banderas que sólo son eso, telas. Me quedo, porque siempre hay que quedarse con algo, con el que llega aquí para luchar tras años de no dejar de hacerlo, y se vuelve a casa habiendo ganado o perdido, pero con la grandeza del que estuvo ahí, peleando.
Durante el viaje, ninguna incidencia que consiga borrar tu cara de no-necesito-nada-más-porque-los-generosos-no-dejan-de-obsequiarme. Hasta que pasas por encima de algo. Tanto puede ser una equivocación, un calentón o una confianza. Una vez han pasado tus ruedas por encima de aquello, o detienes el coche, o sigues palante. Yo soy de las de seguir palante, y lo repito si es necesario para que tú no te olvides nunca (porque te prefiero arriba, así te reconoceré mucho antes cuando tenga que buscarte entre tanta gente perdida). Pero no en este caso. Me paro. Y veo la que se ha liado. No fue un despiste, no fue el alcohol, ni fueron las drogas, estaba ahí desde hace tiempo.
Tu opción en estos casos es la de trampear el momento con todo el tacto al que puedas engañar, con tu saquito de sonrisas pintadas y con esa transparente ingenuidad tan necesaria para no parecer demasiado lista (ni demasiado tonta). Que a los listos, y sobre todo a las listas, se les mira con desconfianza. Pero, déjame que lo diga porque a estas alturas dudo que se asuste nadie: creemos lo queremos creer.
Y tú, que admiras, respetas, escuchas, aprendes, ves como con un solo gesto, al estilo de una cinta de soldaditos americanos que matan sin pensar en el nombre de una tela, todo se trastoca. Joder, ¿también tú? Me quedo, porque siempre hay que quedarse con algo, con las buenas películas. Y con el sur y el xino xano.
Girona, 16 de agosto de 2008
Tres rositas rojas

ME GUSTAN LAS PLANTAS, PERO SIGO ODIANDO LOS BICHOS. Insisto en tener plantas y he aprendido a matar bichos. Verdes, pequeños, con un montón de patas y tan insistentes como yo. Mi madre que tanto me quiere y que tan poco me entiende también insiste en regalarme rosales diminutos cada primavera, y ya van tres años. Rosales que no saben de poesía ni menos dónde se meten cuando se vienen conmigo. De hecho, sólo han florecido una vez, porque ya vinieron con sus flores puestas el día en que mi madre me los regaló. Lo han vuelto a hacer, esta semana. En pleno verano mareado y lleno de moscas equivocadas de estación y tan bobas como de costumbre.
Me he dado cuenta de que se dicen muchas cosas que son mentira pero, tal vez porque las “necesitamos” como ciertas, las proclamamos verdades. Sin vergüenza. Quizás para no tener que pensar mucho, para estar tranquilos e intranquilizarnos por una cosa menos. (Guárdame otro secreto: me parece que no hemos dado todavía con la finalidad de “pensar”: para mí que habría que hacerlo sólo cuando fuera necesario. Así nos perderíamos menos. Y nos encontraríamos más, que eso sí que es bueno).
La distancia que separa las verdades y las mentiras es mucha, como de mi balcón al suelo. Por cierto, tengo que salir más al balcón, se ve todo con otra perspectiva. Más lejos es obvio, menos grande también, pero el hecho de que se vea menos importante es un respiro. Coches de juguete vienen y van, humanitos cruzan por los pasos de cebra o por la esquina que más cerca les pille. Mirando o sin mirar los semáforos, según las prisas, la pereza o las cosas que tengan en mente; la luna engorda o adelgaza según le vaya la noche, y el aire baila según la hora que sea y los humos que lleve encima.
Mis plantas. Después de distintos cambios estratégicos de posición en diversos puntos de la terraza, finalmente han florecido. Conmigo, y con un puñado de calcaítos bichos verdes que resisten agarrados a sus tallos, tres rositas rojas. Preciosas. Un regalo por no tirar la toalla, le digo al soso bloque de al lado, sin bajar la guardia, con la jarra de agua en una mano y el insecticida cargado en la otra. Listo para disparar en cualquier momento.
“De vez en cuando la vida nos gasta una broma, y nos despertamos sin saber qué pasa…”. Me suena... sí, ya me acuerdo: había que teclear la palabra “calma”, suprimir la palabra “angustia”, subrayar esas palabras de los hermanos que son amigos y de los amigos que son hermanos. Volver a consultar nuestro libro de soluciones, y buscar, buscar, hasta encontrar. Para acabar, cruzar los dedos para no perder la cabeza o más años entre tanto lío y, por supuesto, saltarnos ese trozo de la canción.
Al final, por muchas lecturas, revisiones, correcciones y anotaciones que de tus pasitos, pisotones, zancadas y torceduras de tobillo lleven a cabo tus seres queridos o despedidos, sólo de ti depende que tu historia vaya hacia una dirección u otra. (O no vaya, como pasa en la mayoría de historias ancladas en el Mundo de lo No Dicho). Y en eso sí que estamos solos. Es una soledad serena, a través de la que podemos ver, elegir, y ser más fuertes.
Y sí, yo también me quedo con un beso que quisiste dar y diste, me quedo con una mano que insistió en coger y no soltar tu mano y, sin decir nada que ensuciara el buen agua del momento, hiciera que te olvidaras de todos los bichos verdes, guardaras el insecticida y durmieras de un tirón toda la noche. Oye, si eso fue una tregua, para ti un manojo de gracias soleadas.
Girona, 20 de julio de 2008
Más

COMO UNA CHULETA, apuntado en la mano, para no olvidarnos. Ser positivo es una manera de ver que todo sigue, aunque algunas cosas que fueron importantes se rompan delante de nuestras narices; personitas que significaron lo suyo salten de nuestros días, a menudo casi sin despedirse (los que nos quieren no se van nunca: a mil quilómetros o desde el cielo, no se pierden ni una); e ilusiones que nos propusimos materializar se las trague la incomunicación o la falta de puntualidad: porque los momentos de nuestros relojes mareados suelen ser distintos a todo lo demás.
Positivizar un mal día significa soltar una carcajada con una viñeta de Lio, disfrutar de una buena compañía o de la paz callada de nuestro escondite después de una jornada de trabajo estresante o cansina o aburrida. O tras soportar a un jefe amargado porque, si bien tiene mucho dinero, a él también se le cae el pelo; o de ver como el sitio que ocupas no es el que imaginaste cuando, después de tanto estudiar, se te caía la cabeza de sueño y acababas aplastando los apuntes de gramática o de historia o de cálculo o de lógica. Con la babilla colgando de tantas esperanzas en el futuro. O aprender algún camino diferente para llegar al mismo sitio, o engordar de gusto con la rica sabiduría de algunas lenguas que no se licenciaron nunca ni falta que les hace.
Ser positivo es también rebuscar en nuestra cabeza loca, hueca o desproporcionada razones para entender porqué siempre queremos más, cuando a menudo tenemos tanto.
Girona, 24 junio de 2008
¡Salud!

TE MIRAN SIN PIZCA DE MIEDO O ATERRADOS, pero siempre a los ojos, y aguantan la mirada como si de un combate se tratara. Parpadeos, sólo para mojarse los labios. Te dan, ganadores o derrotados, y escuchan tus letras o te acompañan en tus pausas llenas de dudas. Respetan tus locuras y aceptan todas tus diferencias. Se van, pero siempre vuelven cuando los buscas porque te diste cuenta de que sola no ibas a poder comértelo todo. Ahí están: generosos y amables, generosos y a regañadientes. Como si llevaran todo el rato esperándote. A ti, que llevas tanto tiempo corriendo, tropezando, aguantando el equilibrio. Subida a una zapatilla, agarrada al aire o una mano buena, mano de buena gente. Y sumando.
Te entienden o al menos hacen el intento por conocer tu idioma. Buscan contigo la llave que siga abriendo puertas y, lo mejor de todo, encuentran, ganadores o derrotados, unos segundos hermosos que llenarán con unas risas o con un montón de ellas. Y esos abrazos que curan.
Salud, amigos.
Girona, 17 de junio de 2008
¿Tu autobús?

CALOR. EL AUTOBÚS SE RETRASA, o yo no me he enterado todavía de los horarios. Minutos atrás, ha llovido de manera repelente, algo que nos hubiera hecho mosquear, antes, antes de que nos percatáramos de cuán necesaria es el agua. “Qué bien, ¡llueve!”, decimos, intentando no mirar nuestros zapatos chirriando, nuestros tejanos pegados a la piel, nuestras gafas llenas de puntitos, nuestro pelo aplastado. Solidarios con los problemas que azotan el mundo. Un mundo que parece que durante todo este tiempo no ha estado ahí, secándose o inundándose, según el interés del que grite auxilio. “¿Ya llueve en los pantanos, que es donde tiene que llover?”, me dijo ayer un agudo que no aguado amigo, que puntualmente me hace reír una vez por semana, algo que no tiene precio.
Tampoco tiene precio darse cuenta de que uno se ha curado. Sí, es todo un acontecimiento, que llega después de poco tiempo o de un siglo. Nos damos cuenta porque uno siente que, extrañamente, está empezando a ver de otra manera lo mismo. Algo que había pasado cien veces con cien personas distintas, y nosotros sin darle más importancia. Hasta hoy. En que notas que has notado algo. Cuidado, “algo” no va bien. Es un momento bellísimo pero a bote pronto (ya me dirás porqué, tú que te las das de valiente) pagarías por haberlo evitado.
Ay, evita, si puedes, mientras yo sonrío, y espero que te entre un sofocón, intentes resistir (como si contigo no fuera) el chorro de sensaciones que, felices de tener algo que hacer, se pegan juguetonas a tu boca. De nada servirá que intentes disimular lo indisimulable. Ni encendiendo otro cigarro, ni bebiéndote de un sorbo la copa, ni perdiéndote entre la gente, ni mirando hacia otra parte. O hacia el suelo negro y lleno de pies locos, torpes o sosos. Porque lo que acabas de sentir no tiene sentido.
Pura química. Y tú de letras, casi sereno, destilando gotitas de sudor que saben a vida y que quieren aprender a tocar la guitarra. ¿Sabes? Claro que lo sabes: muy dentro de ti y muy escondidito, debajo de todas esas capas encebolladas que yo no sé cómo no te ahogas, tienes ganas de gritar:
— ¡Viva! — ¿Perdona? — ¡Por fin llegó mi autobús!
(Quizás tampoco será ése tu autobús, ya te dije que tenías las gafas llenas de puntitos, pero que te quiten las clases de guitarra. Aprender no ocupa lugar. Así que tampoco engorda.)
Girona, 10 de junio de 2008
Fantasmas

TRAS EL PRIMER CIGARRO DE LA MAÑANA, ése que sabe a perros y que hace que nos preguntemos porqué no hemos dejado de fumar aún, intento de amoldarme a mi sofá modelo caja de cerillas para ordenar vía palabras escritas un tema que me saca de quicio. Sí, los temas que nos sacan de quicio suelen ser aquellos que nos afectan, es decir, que todavía no nos son indiferentes y por lo tanto no podemos cantarlos victoriosos o desafinados. Los que perfectamente pueden ser utilizados en nuestra contra: estoy escribiendo sobre los fantasmas.
Desde que descubrí el nuevo término de mi diccionario, no he dejado de rebuscar en las conversaciones de los buenos y malos que me rodean y me duchan con las frases de sus vidas con la intención insana de recopilar pruebas. A día de hoy, he constatado que la gran mayoría “vive” con uno o más fantasmas. Y que le molesta una barbaridad admitirlo.
“Fantasma” es aquella persona que perdimos o que no tuvimos pero que, extraoficialmente y porque así lo decidimos, forma parte de nosotros. Es aquel que nos hirió, o que sólo nos hizo felices un poco, o que no nos hizo ni caso. Quizás alguien a quien ni tan siquiera conocemos pero que nos hemos obcecado en mantener en nuestra vida. Más concretamente en nuestra mente, porque en nuestra vida, esa en la que se suda, se llora, se celebra, se comparten ilusiones y se calman penas, la que se puede agarrar, y en la que a menudo no vemos nada… no están. Y como no están, no nos pueden dar la mano cuando nos sentimos perdidos, no nos morderán el cuello cuando tengamos hambre, no nos sonreirán y nos dirán eso tan bonito: “no te preocupes, todo va a salir bien”.
No existen, porque no quisieron existir, así que no he llegado a ninguna conclusión con un mínimo sentido por la cual debamos mantenerlos en nómina. Y, cada día que pasa, es un día más que no se presentan a trabajar, por mucho que nosotros insistamos en obviar los días reales que llevan de baja.
— ¿Cuánto hace que no le ves? — Hará casi un año. — ¿Un año? — ¡Todavía no hace un año!
Probablemente, ya encontraron otro trabajo, y les va bien o les va mal (a nosotros no nos debería de importar). Y de poco o nada servirá que salgamos a la calle y nos obstinemos en decir que nos persiguen, porque los vemos en el autobús, los leemos en el diario, nos pareció que cruzaban el puente de hierro, o nos topamos con su coche al menos una vez a la semana.
La obsesión es una chica lista que sabe más que nuestra perezosa capacidad para, de una vez por todas (e intentando por fin no engañar a los más ingenuos de esta historia, nosotros mismos), seamos capaces de dar carpetazo a temas que no son reales, y despedir sin derecho a finiquito a los que un día no volvieron a trabajar. A los mismos que todavía esperamos, aunque tú no te atrevas a decírmelo, con la mesa repleta de papeles desordenados. Porque, debajo del caos, sobresalen nuevos currículum vítae.
Girona, 7 de mayo de 2008
Aúpa

A PUNTO ESTABA DE TIRAR un montón de revistas que casi me obligan a dormir en el baño a falta de espacio cuando, como si de una señal se tratara, la bolsa en que las había metido ha decidido convertirse en vestido. Vamos, que se ha roto, porque de blanca ha pasado a lila y yo erre que erre metiendo más papel y ella aguantando el tipo hasta que ha dejado de ser ella. Desparramadas por el suelo, me ha llamado la atención una portada. Serrat sonreía y yo he aprovechado y le he metido mano.
Entre reportajes de un mundo que no conozco y recetas de cocina crujientes, perfumes sabor tierra, lánguidas modelos y viriles torsos también crujientes ha aparecido él. Un artículo de un señor cuyo nombre me sonaba como me suena tu cara porque siempre que me ves sonríes pero que hasta hoy no me había parado… a leer.
Ese señor que seguro que lleva gafas y come sushi decía que los grandes cambios de nuestras vidas se nos hacen abrumadores, y que por ese motivo uno resuelve no cambiar y se conforma en seguir poniendo carita de pena porque “ay qué ver que mala suerte que tengo”. Bueno, en realidad no lo decía así, pero al contármelo ya lo ha hecho mío. Y ese señor me ha caído bien porque no se ha limitado a exponer un problema y quedarse tan ancho: ha aportado una posible solución. Y se ha ganado el respeto de Incrédula Sociedad Ilimitada. A grandes cambios, pequeños pasitos.
De sopetón, no es posible cambiar todo lo que nos ofusca o no nos gusta o nos hace infelices, y quizá ésa es la razón por la cual no actuamos. Pero sí es posible cambiar. Repito, es posible cambiar. Primero una cosa, y luego otra. Simple y efectivo. Sin necesidad de pasar por el quirófano.
Entonces, he decidido escribir. El próximo cambio será ordenar mi único armario, encontrar esa carpeta, fumar (algo) menos, dormir un poco más, no olvidarme de felicitar los cumpleaños, reírme de las pesadillas, dejarme dar más besos y abrazos. Dejar de decir tantas mentiras. Y, aúpa la espontaneidad, devolver sonrisas.
Girona, 15 de abril de 2008
Si aceptas jugar

BIENVENIDOS A LA CAZA. Porque son las cuatro de la mañana, y porque las risas fáciles se han mezclado hace rato con el hielo del vaso, y con las miradas de aquellos que no dudarían en meterte mano sin necesidad de mirarte primero. Tú, con tu pelo marrón, largo, perfecto y estirado, brillo en los labios y perfume caro. Y ese botón presuntamente desabrochado porque es que no dejan de empujarte por todos lados. Tú, intentando sonreír al tiempo aguantar la respiración para aparentar más altura y más pecho, y no pensar qué haces todavía aquí, qué es exactamente lo que esperas y porqué no puede ser éste el lugar adecuado.
A menudo, un solo gesto es suficiente, un solo gesto es un beso tardísimo y más parecido a un bocado. Un paseo nervioso y rápido hasta tu cama, y un diálogo o un grito o una búsqueda entre dos cuerpos. Algo que mañana será para ti el tema del día, con todos sus rodeos mentales que acabarán provocándote mareos.
Acaso está buscando una ilusión en un chupito negro, con la angustiosa sensación de que va tarde. Me ha parecido que ella se agarra a eso. Quizás, porque después de tantos meses sin salir, ya no se acordaba de que a esas alturas borrosas todo es más fácil de decir y de hacer. Y de negar. Lo que al día siguiente sólo permanecerá en su memoria. No debieras agarrarte a la primera o la última rama, pienso. Aunque, desde la distancia, no muevo un dedo.
“No” no tiene nada que ver contigo. Ni tampoco que el que ahora busca tu cuello con ansia mañana no se acuerde de tu cara. Si aceptas jugar, es posible perder. Y es fácil perder cuando pocos (tampoco tú) se atreven a jugar limpio. ¿Los manojos de razones? Se venden por pocos euros. Ella no soy yo pero, para qué voy a engañarme, por ella recuerdo. De lejos, pequeñito e indoloro hoy, aunque pegado a la nevera.
Y tú, que valiente has apostado alto, sin embargo y sin remedio, no dejarás de sonreír con un recién estrenado lamparón de color negro. Desaparecerá, pienso, si lo dejas en remojo un tiempo. Aunque, desde la distancia, no muevo un dedo.
Girona, 12 de abril de 2008
Hilito

VENTOLERA. FRÍO. ASÍ NO HAY QUIEN CAMINE. Cuando ya estaba a punto de invertir en acciones de efferelgan, se le ocurre a una genial canción de Bruce Springsteen de la que me gusta todo menos el título entrar por mis oídos, provocando acto seguido el balanceo sin gracia de mi cabezota (“¿pero tú no estabas a punto de explotar hace un segundo? ¿A qué viene ese bailoteo?").
Al poco, ha aparecido una ancianita de esas que desmoronan. Sólo de verlas. No tengo ni puñetera idea porqué. Pero, a mí, me superan. Como me supera lo bueno y lo malo del extraño que pasa y ve todos mis sentidos. Ya lo dije, atrae e inquieta.
El viento la trajo hasta mí, igual que arrastra la nieve hacia nuestro lado, para convertirla en el agua que ayudará a que no nos quedemos tan secos. Por cierto, cierra el grifo cuanto te laves los dientes, cuando friegues los platos, cuanto te enjabones…, anda, no me seas vago que nos conocemos. Es que desde que lo sé, ya no me cae tan mal el viento. Además, cuando hace viento, el pelo queda más liso. Y más loco, y eso es divertido. Y lo divertido debería ser una asignatura en los colegios y un objetivo en los trabajos: así no habría tanto gruñón suelto.
Le ha costado lo suyo abrir la puerta, y no me ha mirado cuando ha entrado (toma izquierdazo a mi egocentrismo). Ha ido directa hacia una mesa. No he podido dejar de mirarla. Como una obsesa, ha debido pensar el hombre de mediana edad con cara de haber hecho algo malo que ocupaba la mesa de al lado. Como una obsesa, he pensado yo.
Después de sentarse, lentamente, como se hacen las cosas cuando ya no se tiene prisa, me ha pillado mirándola (lenta pero más rápida que yo…, interesante, todavía hay esperanza). Ha empezado a hablarme, sin dejar de enlazar frases y temas aun cuando yo he tenido que ausentarme algún momento. Su conversación, como un hilito, se ha enredado entre mis dedos, y me ha seguido allí donde he tenido que ir, y me ha acompañado cuando he vuelto.
Y Ancianita ha dejado de ser minúscula.
Porque ha venido al señor que mira los ojos y que es muy buen hombre y que le ha dicho que hasta de aquí un año no tiene que volver. Que la ve muy bien.
Porque que ella se hubiera esperado fuera pero su hija que es profesora y que vive en Llançà porque se casó con un chico de allí le ha dicho que iba a coger frío y que mejor la esperara dentro el tiempo que tardara ella en aparcar el coche gris oscuro que compró en Salt, allí donde venden coches de la marca esa de la que no se acuerda.
Porque también había venido su yerno pero con otro coche porque ya se sabe que a veces los hombres hacen cosas que no se entienden. Si todos iban al mismo sitio. Y no sería por el fútbol, porque hoy no había fútbol.
Y porque si no llega a tener cita con el médico, a ella no la saca nadie de su casa en Banyoles. La tarde no estaba hoy para ir a ningún sitio. Ya había ido al casal por la mañana, que allí se está calentito y pasa muy buenos ratos.
Una pena muy tonta me ha venido de golpe. Y ya me dirás tú a santo de qué, si yo a esa señora charlatana y dulce no la conozco de nada y no te digo a su hija que se ha pasado media hora buscando párquing y al raro de su yerno originario de Llançà. Cuando dejara de hablar y se levantara y se fuera por donde había entrado, ya no la iba a volver a ver. Ni a ella, ni a su hilito. Ay.
La mayor parte de la gente conocida y por conocer está deseando contarte algo que probablemente no necesites saber, o ya sepas, o simplemente no te interese, porque crees que no te aportará nada. Aunque, y no pasa a menudo, a veces te topas con alguien a quien desearías conocer más, y no es posible. “Hasta aquí llega mi hilito.” Pues vivan los buenos ratos que nos hacen salir hasta cuando hace viento.
Girona, 11 de marzo de 2008
La pesadilla

ME HA VENIDO A LA MEMORIA UN DÍA DESPUÉS de que me dijeran en suramericano amable que mi aura era muy bonita. “Que te lo crees tú, para mí que yo ya no soy tan buena.”
Hace días que no le veo. Miento: hace meses. Antes, venía cada día. Luego, menos. Me he dado cuenta hoy, ahora, acabadita de despertar de una siesta exagerada. Cuando uno no sabe bien cuánto tiempo ha pasado pero sabe que no hace un año dice “hace meses”. No dice “hace mucho” porque tampoco hace tanto, y el mucho se ve muy lejos, y muy pequeñito.
Y ya hace meses, también, que no le escuchaba. Ya no me apetecía darle un tiempo mío que él cogía con ganas, igual que quemaba los cigarros negros. Con ganas. Yo sabía que venía a verme a mí. Y como lo sabía, acabé despreciándolo, supongo. Uno supone cuando no quiere pecar de pedante, pero cuando supone es que está seguro y no sé si es peor pretender ir de modesto. En mi caso, acabé despreciándole cuando noté que no venía a escucharme a mí, sólo a hablar conmigo.
Me pregunto si estará bien. Si habrá soportado estos días cansinos de tanto amor, tanta comunicación, tantos buenos deseos lanzados que, tras bordear su cogote mojado, acabaron pasando de largo. Me pregunto también si habrá recibido el petit four que impediría que lo mandara, literalmente, todo a la mierda. Para mi descanso, una de las últimas veces vi que se había cortado el pelo, que andaba algo más aseado. Me parece (creo que me estoy engañando, porque no estoy segura de haberlo dicho) que piropeé su nuevo peinado.
Hoy me he despertado a las dos y media de la madrugada, gracias a una pesadilla. Hacía meses que no me pasaba, porque mi sueño se ha convertido en algo preciado. Caro. Aunque no dudo en pagar lo que sea por tenerlo a mi lado. Pero hoy no sé qué ha fallado. La secuencia ha ido así: cine de gángsters, repetido y lleno de tiros y de orgullo y de ansia y de ego y de palomitas. Saladas, al menos. Y yo preguntándome porqué todavía pierdo mi tiempo así. Cena rápida en el sitio más concurrido de la ciudad y a la vez el más sucio, como Harry, como algunos secretos bañados en chocolate negro. Uno o diez cigarros y, tras abrazo de despedida con lo mejor de la velada, la compañía, paso rápido hasta llegar a mi escondite. Ya a salvo, y notablemente empijamada, oración por un sueño.
De repente... o pelín más tarde, la pesadilla, que la muy chulita se había metido por mis orejas (la boca la tenía cerrada y la nariz tapada), me ha mordido los ojos. ¿Perdón? ¿Acabo de atropellar a mi padre con un coche que no tengo y lo he hecho con premeditación y alevosía y algún adjetivo más de esos? ¿Y no sólo una, sino muchas veces? Y todas las veces, él insistía en levantarse, cada vez con menos cara de parecerse a mi padre y más al gángster más malo de la película.
— ¿Es que no tienes claro qué pasa? Soy yo, papá, tu hija. Te estoy matando.
Con lo que quiero yo a mi padre. Pues toma pesadilla. Pocos segundos más tarde, justo después de que bebiera agua embotellada y me quitara todo lo quitable menos el susto, he oído un fuerte golpe, como si un coche acabara de atropellar a un árbol. Al salir a la terraza, no sin antes ponerme las gafas mágicas, torpe, descalza y tras chutar mi despeinada aloe vera, he visto que un coche acababa de atropellar a un árbol. Justo debajo de mi balcón, desde donde casi todo lo veo. Y lo que no, me lo imagino. Que es lo mismo. Cualquier cosa, por un sueño.
Matadera

LIBRETA EN MANO, GANAS, Y SIN RASTRO DEL MIEDO. Cerca mía, suena una música que colabora en mi empeño. Pelín más lejos, una rotunda señora habla sola. Tiene razón, sin duda. Me ha pedido un café largo a gritos nada más entrar por la puerta, y un “con dos sacarinas” que ha logrado despeinarme. No, ahí me he pasado: cuando ella llegó, el despeinado estaba ahí.
Me ha preguntado cuánto vale el café mientras yo servía un zumo de naranja natural a un chico recién exprimido y con cara de asustado. Que si cinco céntimos arriba o abajo, que si tenía suficiente o no. A la espera de mi pobre respuesta, sobaba las monedas. Tres monedas también asustadas. “Son todas mías, haga el favor de dejar de manosearlas. Y no, nunca tenemos suficiente”, he pensado. “El café cuesta uno con diez”, he dicho, alto y claro (de hecho, quizá demasiado alto y claro. Vaya, es una lástima que no podamos cazar al vuelo algo que hemos dicho una vez lo hemos dicho. Es que ni poniendo cara de bobo arreglamos la impertinencia). Estoy a favor de la eutanasia, del aborto y de que bajen los precios de los pisos. No los metros, los precios. Y de la amabilidad, de la cual soy devota, pero hay días en que una tiene que hacer un esfuerzo. ¿Acaso ser gilipollas y desagradable es más fácil que no serlo? No se podrá quejar Rotunda, casi le he sonreído. O me he reído de ella, vete a saber, allá yo y las mentirijillas que tranquilizan el espíritu. Y también estoy a favor del matrimonio entre homosexuales. Y de enmendar la RAE para incluir “mileurista”.
Algunos minutos después, Rotunda se ha levantado (no sin esfuerzo), y ha dicho: “vale, pues me voy”. Como si no tuviéramos nada más que hablar cuando ¡casi no hemos hablado!, o como yo si le hubiera fallado, o como si ya no me estuviera amiga, o como si no le importara un comino… Se ha ido. Arrastrando los pies, tropezando con una silla, y hablando sola.
Uno habla solo por muchos motivos. Por echarnos en cara ideas que pensamos, pero no publicamos vía boca. Pero que están vivas, se mueven, y pellizcan.
— ¿Y si…? ¿Y si…? — ¿Desde cuándo eres tartamudo? — Desde que dudo. — ¿Qué te pasó la última vez que hablaste de carrerilla? — Perdí el conocimiento.
Hay quien aprovecha su acogedora soledad para hablar en voz alta. El recriminarse algo es un momento divertido o cruel, según pese la que cae encima. Y, siempre, una buena manera para darse cuenta de que somos perfectamente conscientes de qué hay, qué pasó, y en qué momento de la historia pegamos el resbalón (aunque luego no sirva de nada porque la lista de resbalones suma cada día. Sin que nos demos cuenta, como lo hace el pelo… O sí: como lo hacen las canas). Como cuando te has chocado con una farola que no habías visto (“¿quién ha sido el iluminado que ha puesto esto aquí?”), y por suerte nadie ha sido testigo del momento. Nadie a excepción de ti. La más implacable de las risas rencorosas, las que todo lo apuntan. Deberíamos de tener un disco duro incrustado en la cabeza (más de un chino seguro que ya lo tiene), para poder así almacenar todo lo que vivimos dentro y fuera de ella. Todo.
Esa necesidad matadera de alguien que seguirá siendo un extraño por más que se acerque a nuestra campanilla o comparta con nosotros el baño. Un desconocido a quien esperamos tener cerca cuando, después de tanto correr, paremos un momento a coger aire... y esté ahí, con la botella de agua fresquita en la mano. El mismo que deberá entender nuestras ofuscaciones en el trabajo, en la cama, en la cola de la carnicería o delante del televisor. Y esté dispuesto a curarnos. Un desconocido que maneja nuestro mundo de luz y de color, y que tiene el poder de convertirlo en una sombra. Matadera necesidad que, fíjate tú, nos hace sentir vivos. Sin importarnos el riesgo de malversación de emociones.
Girona, 1 de diciembre de 2007

