Fantasmas

TRAS EL PRIMER CIGARRO DE LA MAÑANA, ése que sabe a perros y que hace que nos preguntemos porqué no hemos dejado de fumar aún, intento de amoldarme a mi sofá modelo caja de cerillas para ordenar vía palabras escritas un tema que me saca de quicio. Sí, los temas que nos sacan de quicio suelen ser aquellos que nos afectan, es decir, que todavía no nos son indiferentes y por lo tanto no podemos cantarlos victoriosos o desafinados. Los que perfectamente pueden ser utilizados en nuestra contra: estoy escribiendo sobre los fantasmas.
Desde que descubrí el nuevo término de mi diccionario, no he dejado de rebuscar en las conversaciones de los buenos y malos que me rodean y me duchan con las frases de sus vidas con la intención insana de recopilar pruebas. A día de hoy, he constatado que la gran mayoría “viven” con uno o más fantasmas. Y que les molesta una barbaridad admitirlo.
“Fantasma” es aquella persona que perdimos o que no tuvimos pero que, extraoficialmente y porque así lo decidimos, forma parte de nosotros. Es aquel que nos hirió, o que sólo nos hizo felices un poco, o que no nos hizo ni caso. Quizás alguien a quien ni tan siquiera conocemos pero que nos hemos obcecado en mantener en nuestra vida. Más concretamente en nuestra mente, porque en nuestra vida, esa en la que se suda, se llora, se celebra, se comparten ilusiones y se calman penas, la que se puede agarrar, y en la que a menudo no vemos nada… no están. Y como no están, no nos pueden dar la mano cuando nos sentimos perdidos, no nos morderán el cuello cuando tengamos hambre, no nos sonreirán y nos dirán eso tan bonito: “no te preocupes, todo va a salir bien”.
No existen, porque no quisieron existir, así que no he llegado a ninguna conclusión con un mínimo sentido por la cual debamos mantenerlos en nómina. Y, cada día que pasa, es un día más que no se presentan a trabajar, por mucho que nosotros insistamos en obviar los días reales que llevan de baja.
— ¿Cuánto hace que no le ves?
— Hará casi un año.
— ¿Un año?
— ¡Todavía no hace un año!
Probablemente, ya encontraron otro trabajo, y les va bien o les va mal (a nosotros no nos debería de importar). Y de poco o nada servirá que salgamos a la calle y nos obstinemos en decir que nos persiguen, porque los vemos en el autobús, los leemos en el diario, nos pareció que cruzaban el puente de hierro, o nos topamos con su coche al menos una vez a la semana.
La obsesión es una chica lista que sabe más que nuestra perezosa capacidad para, de una vez por todas (e intentando por fin no engañar a los más ingenuos de esta historia, nosotros mismos), seamos capaces de dar carpetazo a temas que no son reales, y despedir sin derecho a finiquito a los que un día no volvieron a trabajar. A los mismos que todavía esperamos, aunque tú no te atrevas a decírmelo, con la mesa repleta de papeles desordenados. Porque, debajo del caos, sobresalen nuevos currículum vítae.
Girona, 7 de mayo de 2008
Aúpa

A PUNTO ESTABA DE TIRAR un montón de revistas que casi me obligan a dormir en el baño a falta de espacio cuando, como si de una señal se tratara, la bolsa en que las había metido ha decidido convertirse en vestido. Vamos, que se ha roto, porque de blanca ha pasado a lila y yo erre que erre metiendo más papel y ella aguantando el tipo hasta que ha dejado de ser ella. Desparramadas por el suelo, me ha llamado la atención una portada. Serrat sonreía y yo he aprovechado y le he metido mano.
Entre reportajes de un mundo que no conozco y recetas de cocina crujientes, perfumes sabor tierra, lánguidas modelos y viriles torsos también crujientes ha aparecido él. Un artículo de un señor cuyo nombre me sonaba como me suena tu cara porque siempre que me ves sonríes pero que hasta hoy no me había parado… a leer.
Ese señor que seguro que lleva gafas y come sushi decía que los grandes cambios de nuestras vidas se nos hacen abrumadores, y que por ese motivo uno resuelve no cambiar y se conforma en seguir poniendo carita de pena porque “ay qué ver que mala suerte que tengo”. Bueno, en realidad no lo decía así, pero al contármelo ya lo ha hecho mío. Y ese señor me ha caído bien porque no se ha limitado a exponer un problema y quedarse tan ancho: ha aportado una posible solución. Y se ha ganado el respeto de Incrédula Sociedad Ilimitada. A grandes cambios, pequeños pasitos.
De sopetón, no es posible cambiar todo lo que nos ofusca o no nos gusta o nos hace infelices, y quizá ésa es la razón por la cual no actuamos. Pero sí es posible cambiar. Repito, es posible cambiar. Primero una cosa, y luego otra. Simple y efectivo. Sin necesidad de pasar por el quirófano.
Entonces, he decidido escribir. El próximo cambio será ordenar mi único armario, encontrar esa carpeta, fumar (algo) menos, dormir un poco más, no olvidarme de felicitar los cumpleaños, reírme de las pesadillas, dejarme dar más besos y abrazos. Dejar de decir tantas mentiras. Y, aúpa la espontaneidad, devolver sonrisas.
Girona, 15 de abril de 2008
Si aceptas jugar

BIENVENIDOS A LA CAZA. Porque son las cuatro de la mañana, y porque las risas fáciles se han mezclado hace rato con el hielo del vaso, y con las miradas de aquellos que no dudarían en meterte mano sin necesidad de mirarte primero. Tú, con tu pelo marrón, largo, perfecto y estirado, brillo en los labios y perfume caro. Y ese botón presuntamente desabrochado porque es que no dejan de empujarte por todos lados. Tú, intentando sonreír al tiempo aguantar la respiración para aparentar más altura y más pecho, y no pensar qué haces todavía aquí, qué es exactamente lo que esperas y porqué no puede ser éste el lugar adecuado.
A menudo, un solo gesto es suficiente, un solo gesto es un beso tardísimo y más parecido a un bocado. Un paseo nervioso y rápido hasta tu cama, y un diálogo o un grito o una búsqueda entre dos cuerpos. Algo que mañana será para ti el tema del día, con todos sus rodeos mentales que acabarán provocándote mareos.
Acaso está buscando una ilusión en un chupito negro, con la angustiosa sensación de que va tarde. Me ha parecido que ella se agarra a eso. Quizás, porque después de tantos meses sin salir, ya no se acordaba de que a esas alturas borrosas todo es más fácil de decir y de hacer. Y de negar. Lo que al día siguiente sólo permanecerá en su memoria. No debieras agarrarte a la primera o la última rama, pienso. Aunque, desde la distancia, no muevo un dedo.
“No” no tiene nada que ver contigo. Ni tampoco que el que ahora busca tu cuello con ansia mañana no se acuerde de tu cara. Si aceptas jugar, es posible perder. Y es fácil perder cuando pocos (tampoco tú) se atreven a jugar limpio. ¿Los manojos de razones? Se venden por pocos euros. Ella no soy yo pero, para qué voy a engañarme, por ella recuerdo. De lejos, pequeñito e indoloro hoy, aunque pegado a la nevera.
Y tú, que valiente has apostado alto, sin embargo y sin remedio, no dejarás de sonreír con un recién estrenado lamparón de color negro. Desaparecerá, pienso, si lo dejas en remojo un tiempo. Aunque, desde la distancia, no muevo un dedo.
Girona, 12 de abril de 2008
Hilito

VENTOLERA. FRÍO. ASÍ NO HAY QUIEN CAMINE. Cuando ya estaba a punto de invertir en acciones de efferelgan, se le ocurre a una genial canción de Bruce Springsteen de la que me gusta todo menos el título entrar por mis oídos, provocando acto seguido el balanceo sin gracia de mi cabezota (“¿pero tú no estabas a punto de explotar hace un segundo? ¿A qué viene ese bailoteo?").
Al poco, ha aparecido una ancianita de esas que desmoronan. Sólo de verlas. No tengo ni puñetera idea porqué. Pero, a mí, me superan. Como me supera lo bueno y lo malo del extraño que pasa y ve todos mis sentidos. Ya lo dije, atrae e inquieta.
El viento la trajo hasta mí, igual que arrastra la nieve hacia nuestro lado, para convertirla en el agua que ayudará a que no nos quedemos tan secos. Por cierto, cierra el grifo cuanto te laves los dientes, cuando friegues los platos, cuanto te enjabones…, anda, no me seas vago que nos conocemos. Es que desde que lo sé, ya no me cae tan mal el viento. Además, cuando hace viento, el pelo queda más liso. Y más loco, y eso es divertido. Y lo divertido debería ser una asignatura en los colegios y un objetivo en los trabajos: así no habría tanto gruñón suelto.
Le ha costado lo suyo abrir la puerta, y no me ha mirado cuando ha entrado (toma izquierdazo a mi egocentrismo). Ha ido directa hacia una mesa. No he podido dejar de mirarla. Como una obsesa, ha debido pensar el hombre de mediana edad con cara de haber hecho algo malo que ocupaba la mesa de al lado. Como una obsesa, he pensado yo.
Después de sentarse, lentamente, como se hacen las cosas cuando ya no se tiene prisa, me ha pillado mirándola (lenta pero más rápida que yo…, interesante, todavía hay esperanza). Ha empezado a hablarme, sin dejar de enlazar frases y temas aun cuando yo he tenido que ausentarme algún momento. Su conversación, como un hilito, se ha enredado entre mis dedos, y me ha seguido allí donde he tenido que ir, y me ha acompañado cuando he vuelto.
Y Ancianita ha dejado de ser minúscula.
Porque ha venido al señor que mira los ojos y que es muy buen hombre y que le ha dicho que hasta de aquí un año no tiene que volver. Que la ve muy bien.
Porque que ella se hubiera esperado fuera pero su hija que es profesora y que vive en Llançà porque se casó con un chico de allí le ha dicho que iba a coger frío y que mejor la esperara dentro el tiempo que tardara ella en aparcar el coche gris oscuro que compró en Salt, allí donde venden coches de la marca esa de la que no se acuerda.
Porque también había venido su yerno pero con otro coche porque ya se sabe que a veces los hombres hacen cosas que no se entienden. Si todos iban al mismo sitio. Y no sería por el fútbol, porque hoy no había fútbol.
Y porque si no llega a tener cita con el médico, a ella no la saca nadie de su casa en Banyoles. La tarde no estaba hoy para ir a ningún sitio. Ya había ido al casal por la mañana, que allí se está calentito y pasa muy buenos ratos.
Una pena muy tonta me ha venido de golpe. Y ya me dirás tú a santo de qué, si yo a esa señora charlatana y dulce no la conozco de nada y no te digo a su hija que se ha pasado media hora buscando párquing y al raro de su yerno originario de Llançà. Cuando dejara de hablar y se levantara y se fuera por donde había entrado, ya no la iba a volver a ver. Ni a ella, ni a su hilito. Ay.
La mayor parte de la gente conocida y por conocer está deseando contarte algo que probablemente no necesites saber, o ya sepas, o simplemente no te interese, porque crees que no te aportará nada. Aunque, y no pasa a menudo, a veces te topas con alguien a quien desearías conocer más, y no es posible. “Hasta aquí llega mi hilito.” Pues vivan los buenos ratos que nos hacen salir hasta cuando hace viento.
Girona, 11 de marzo de 2008
La pesadilla

ME HA VENIDO A LA MEMORIA UN DÍA DESPUÉS de que me dijeran en suramericano amable que mi aura era muy bonita. “Que te lo crees tú, para mí que yo ya no soy tan buena.”
Hace días que no le veo. Miento: hace meses. Antes, venía cada día. Luego, menos. Me he dado cuenta hoy, ahora, acabadita de despertar de una siesta exagerada. Cuando uno no sabe bien cuánto tiempo ha pasado pero sabe que no hace un año dice “hace meses”. No dice “hace mucho” porque tampoco hace tanto, y el mucho se ve muy lejos, y muy pequeñito.
Y ya hace meses, también, que no le escuchaba. Ya no me apetecía darle un tiempo mío que él cogía con ganas, igual que quemaba los cigarros negros. Con ganas. Yo sabía que venía a verme a mí. Y como lo sabía, acabé despreciándolo, supongo. Uno supone cuando no quiere pecar de pedante, pero cuando supone es que está seguro y no sé si es peor pretender ir de modesto. En mi caso, acabé despreciándole cuando noté que no venía a escucharme a mí, sólo a hablar conmigo.
Me pregunto si estará bien. Si habrá soportado estos días cansinos de tanto amor, tanta comunicación, tantos buenos deseos lanzados que, tras bordear su cogote mojado, acabaron pasando de largo. Me pregunto también si habrá recibido el petit four que impediría que lo mandara, literalmente, todo a la mierda. Para mi descanso, una de las últimas veces vi que se había cortado el pelo, que andaba algo más aseado. Me parece (creo que me estoy engañando, porque no estoy segura de haberlo dicho) que piropeé su nuevo peinado.
Hoy me he despertado a las dos y media de la madrugada, gracias a una pesadilla. Hacía meses que no me pasaba, porque mi sueño se ha convertido en algo preciado. Caro. Aunque no dudo en pagar lo que sea por tenerlo a mi lado. Pero hoy no sé qué ha fallado. La secuencia ha ido así: cine de gánsters, repetido y lleno de tiros y de orgullo y de ansia y de ego y de palomitas. Saladas, al menos. Y yo preguntándome porqué todavía pierdo mi tiempo así. Cena rápida en el sitio más concurrido de la ciudad y a la vez el más sucio, como Harry, como algunos secretos bañados en chocolate negro. Uno o diez cigarros y, tras abrazo de despedida con lo mejor de la velada, la compañía, paso rápido hasta llegar a mi escondite. Ya a salvo, y notablemente empijamada, oración por un sueño.
De repente... o pelín más tarde, la pesadilla, que la muy chulita se había metido por mis orejas (la boca la tenía cerrada y la nariz tapada), me ha mordido los ojos. ¿Perdón? ¿Acabo de atropellar a mi padre con un coche que no tengo y lo he hecho con premeditación y alevosía y algún adjetivo más de esos? ¿Y no sólo una, sino muchas veces? Y todas las veces, él insistía en levantarse, cada vez con menos cara de parecerse a mi padre y más al gángster más malo de la película.
— ¿Es que no tienes claro qué pasa? Soy yo, papá, tu hija. Te estoy matando.
Con lo que quiero yo a mi padre. Pues toma pesadilla. Pocos segundos más tarde, justo después de que bebiera agua embotellada y me quitara todo lo quitable menos el susto, he oído un fuerte golpe, como si un coche acabara de atropellar a un árbol. Al salir a la terraza, no sin antes ponerme las gafas mágicas, torpe, descalza y tras chutar mi despeinada aloe vera, he visto que un coche acababa de atropellar a un árbol. Justo debajo de mi balcón, desde donde casi todo lo veo. Y lo que no, me lo imagino. Que es lo mismo. Cualquier cosa, por un sueño.
Matadera

LIBRETA EN MANO, GANAS, Y SIN RASTRO DEL MIEDO. Cerca mía, suena una música que colabora en mi empeño. Pelín más lejos, una rotunda señora habla sola. Tiene razón, sin duda. Me ha pedido un café largo a gritos nada más entrar por la puerta, y un “con dos sacarinas” que ha logrado despeinarme. No, ahí me he pasado: cuando ella llegó, el despeinado estaba ahí.
Me ha preguntado cuánto vale el café mientras yo servía un zumo de naranja natural a un chico recién exprimido y con cara de asustado. Que si cinco céntimos arriba o abajo, que si tenía suficiente o no. A la espera de mi pobre respuesta, sobaba las monedas. Tres monedas también asustadas. “Son todas mías, haga el favor de dejar de manosearlas. Y no, nunca tenemos suficiente”, he pensado. “El café cuesta uno con diez”, he dicho, alto y claro (de hecho, quizá demasiado alto y claro. Vaya, es una lástima que no podamos cazar al vuelo algo que hemos dicho una vez lo hemos dicho. Es que ni poniendo cara de bobo arreglamos la impertinencia). Estoy a favor de la eutanasia, del aborto y de que bajen los precios de los pisos. No los metros, los precios. Y de la amabilidad, de la cual soy devota, pero hay días en que una tiene que hacer un esfuerzo. ¿Acaso ser gilipollas y desagradable es más fácil que no serlo? No se podrá quejar Rotunda, casi le he sonreído. O me he reído de ella, vete a saber, allá yo y las mentirijillas que tranquilizan el espíritu. Y también estoy a favor del matrimonio entre homosexuales. Y de enmendar la RAE para incluir “mileurista”.
Algunos minutos después, Rotunda se ha levantado (no sin esfuerzo), y ha dicho: “vale, pues me voy”. Como si no tuviéramos nada más que hablar cuando ¡casi no hemos hablado!, o como yo si le hubiera fallado, o como si ya no me estuviera amiga, o como si no le importara un comino… Se ha ido. Arrastrando los pies, tropezando con una silla, y hablando sola.
Uno habla solo por muchos motivos. Por echarnos en cara ideas que pensamos, pero no publicamos vía boca. Pero que están vivas, se mueven, y pellizcan.
— ¿Y si…? ¿Y si…?
— ¿Desde cuándo eres tartamudo?
— Desde que dudo.
— ¿Qué te pasó la última vez que hablaste de carrerilla?
— Perdí el conocimiento.
Hay quien aprovecha su acogedora soledad para hablar en voz alta. El recriminarse algo es un momento divertido o cruel, según pese la que cae encima. Y, siempre, una buena manera para darse cuenta de que somos perfectamente conscientes de qué hay, qué pasó, y en qué momento de la historia pegamos el resbalón (aunque luego no sirva de nada porque la lista de resbalones suma cada día. Sin que nos demos cuenta, como lo hace el pelo… O sí: como lo hacen las canas). Como cuando te has chocado con una farola que no habías visto (“¿quién ha sido el iluminado que ha puesto esto aquí?”), y por suerte nadie ha sido testigo del momento. Nadie a excepción de ti. La más implacable de las risas rencorosas, las que todo lo apuntan. Deberíamos de tener un disco duro incrustado en la cabeza (más de un chino seguro que ya lo tiene), para poder así almacenar todo lo que vivimos dentro y fuera de ella. Todo.
Últimamente no dejo de enlazar pensamientos originales míos con agentes externos no humanos a los que me es difícil escabullir: las letras de las canciones de otros. El tema de las letras de las canciones (las que yo entiendo, al menos), me atrae y me inquieta. Como la vejez, como las personas, como el tequila, como el deseo, como... macarrones. Millones de personas cantan letras ajenas como si fueran suyas, las sienten así. Es parecido a lo que hacemos cuando leemos nuestro horóscopo. Y es curioso que en gran cantidad de ellas se da por sentado que, para ser feliz, necesitamos a otro. Y si este "otro" desaparece de nuestra vida, ésta carecerá de sentido.
Esa necesidad matadera de alguien que seguirá siendo un extraño por más que se acerque a nuestra campanilla o comparta con nosotros el baño. Un desconocido a quien esperamos tener cerca cuando, después de tanto correr, paremos un momento a coger aire... y esté ahí, con la botella de agua fresquita en la mano. El mismo que deberá entender nuestras ofuscaciones en el trabajo, en la cama, en la cola de la carnicería o delante del televisor. Y esté dispuesto a curarnos. Un desconocido que maneja nuestro mundo de luz y de color, y que tiene el poder de convertirlo en una sombra. Matadera necesidad que, fíjate tú, nos hace sentir vivos. Sin importarnos el riesgo de malversación de emociones.
Girona, 1 de diciembre de 2007
De vuelta (frag.)

ODIO EL FRÍO. El frío sirve para huir de él. Para acurrucarse en casa bajo el edredón, como un bebé que sólo quiere dormir hasta que le despierte el hambre. O para jugar durante horas, con la luz apagada, y acabar encontrando la mejor almohada. Para tomar café en buena compañía, sin azúcar, pero con un sobrecito risas morenas. Para que dragones de pacotilla hagan carreras a ver quién llega antes al final de la calle.
(Monólogo Sara).
Sé feliz, Luz Casal
Si la soledad te enferma el alma,
si el invierno llega a tu ventana,
no te abandones a la calma con la herida abierta,
mejor olvidas y comienzas una vida nueva.
Y respira el aire puro
sin el vicio de la duda.
Si un día encuentras la alegría de la vida
sé feliz, sé feliz, sé feliz.
Con los colores de una mariposa
vuela entre las luces de la primavera.
Si te imaginas que la lluvia te desnuda
juega en los mares que despiertan a la luna
y sé feliz, sé feliz, sé feliz…
Higiene íntima (y II) - Transart 2007

Proyecto la película del día en la pantalla del espejo, a la espera de su bendición. Sólo mi triunfo le cerrará la boca a la cosa más subjetiva de mi mundo. Pues tampoco estoy tan mal, me digo aguantando la respiración. ¿Eso de ahí es un grano? Mientras unos y otras buscan arrugas a quienes insultar, yo sigo contando lunares.
***
Por más que insista, no puedo expulsarlo de mí. No cuando yo quiero. Y, a menudo, guárdame el secreto, me gusta. Erótica de lo escatológico. Mierda, no hay papel. Lo amontonaré en mi memoria.
***
En la bañera, uno puede dejar de pensar. Y sonreír (quizás llorar sin tener que disimular) en un momento en que no sólo la pastilla de jabón nos resbala. Agarrados a la esponja, recorremos nuestros caminos saludando con los dedos a viejos conocidos. Amarse no puede tener contraindicaciones.
***
31 agosto 2007, Girona (y Londres)
La vida es más compleja de lo que parece (frag.), Jorge Drexler

(…)
Todas las versiones encuentran sitio en mi mesa,
todas mis canciones por una sola certeza.
No quiero que lleves de mí nada que no te marque.
El tiempo dirá si al final nos valió lo dolido...
(…)
Lo que dolería por siempre, ya se desvanece,
la vida es más compleja de lo que parece...
Higiene íntima - Transart 2007

¿POR QUÉ CUANDO TE HE DICHO QUE IBA A ESCRIBIR SOBRE EL CUARTO DE BAÑO tú te has puesto a reír, y ella ha puesto cara de preocupación? Escribir sobre algo que se esconde tras un pestillo no es tan extraño o ridículo. La mayoría de cosas que realmente pensamos esperan con el culo dormido y frío a que nos decidamos de una vez a abrir la puerta. Esperan ser dichas. O al menos que les digamos que no van a serlo, así se dejarán de esperanzas engordadoras de sueños que acabarán explotándoles en la cara. “Soy tu pesadilla, ¿te importaría dejar de sudar? Se me están calando los huesos.”
Cuarto de baño, lugar donde uno se encuentra o se esconde, donde caben los llantos que dan hipo, los roces que necesitamos darnos y escuchar, los próximos cambios de nuestras vidas, los rollos de mentiras, el champú con todos sus idiomas y las cajas de pastillas que sobornan ojos o que prometen hacer olvidar penas. El maquillaje insistente en tapar boquetes, el vaho (y todas las paredes abiertas a la inspiración cursi) y el valeroso pis.
La zona más neutral del resto de tu casa, que toma vida en cuanto cierras la puerta tras de ti y te sientes seguro. Ya puedes desnudarte. O empezar a disfrazarte. Dime la verdad o déjate crecer la nariz. Y no olvides tirar de la cadena y lavarte las manos, después de maldecir a alguien, porque no te quiere, o porque olvidó cortar el papel por los puntitos… ¿Quién no quiere a quién?
La bañera. Me quito todo lo que me sobra y sólo me lleno de aire y me tapo con agua. El aire lo iré soltando poco a poco, hasta que sienta que me falta un segundo para dejar de respirar. Puede parecer estúpido, pero uno tiene la sensación de que está haciendo algo casi místico. Mis dedos arrugados serán los que me marquen la hora, algo que no me importa, como tampoco lo hará el que me entre agua en los oídos al sumergirme, o que el jabón no dé la espuma deseada por mucho que insista en patalear hasta que me dé un calambre, o que no haya logrado jamás disfrutar haciendo el amor después de que la última vez que lo intentase casi le rompiera la mandíbula a mi acompañante. Sin olvidar que a día de hoy no exista nadie que haya podido fumarse, enterito, un cigarro.
Tu momento bañera. Un momento lleno de glamour, con todas las burbujitas que te sugiere esa palabra. El momento del llanto compartido, como lo describió el genio de ideas rotundas y que ha decidido quitarse el albornoz. En el tiempo que tardan en desempañarse las baldosas, y se borren las letras de un nombre, dejará de estar entusiasmado en sumar razones para estar triste cuando, verdaderamente, lo fascinante es sumar razones para todo lo contrario. Estreñidos o sueltos. Lo más limpios posible, tras la necesaria higiene íntima, y sin miedo alguno a ensuciarnos, pronto, de nuevo.
El espejo. Es un traidor, porque prometió guardar mis secretos, los mismos que a las pocas o a las muchas horas acabará publicando en mi cara mientras me enjuago la boca.
— Hablas demasiado.
— A mí no me engañas.
— Siempre tienes que decir la última palabra.
— Soy la última palabra.
— Voy a partirte la cara.
— Siete años de mala suerte.
Sin un ápice de vergüenza, te mostrará la belleza, la fealdad. Y el tiempo. Allá tú y tus ánimos guerreros o derrotados. Y la lucha. Un tipo que siempre va despeinado y que ha reinventado cómo abrocharse las camisas me dijo una vez: “la indiferencia mata”.
Ya, a mí también me resulta sospechoso dejar para el final el tema taza agujereada o váter. ¿Estaré yo también contaGIada de pudor? Puede ser, con tanto bicho suelto… A veces, sólo nosotros somos capaces de apreciar como no se merecen nuestros propios efluvios, sólo porque son nuestros. A veces, nos es imposible retener algo que tiene más prisa por salir de nuestra vida que nosotros audacia porque todo tenga lugar en su momento y espacio oportuno. A veces, por más que insistamos, nos resulta difícil desprendernos de algo que no nos hace felices. A veces, debiéramos aceptar que, lo que sobra, debe salir.
Principios de agosto 2007
La hora del Martini

ME SUDAN LAS MANOS. Seguro que no sale bien, seguro que no. Llego con tiempo, quedan siete minutos para las ocho. Cómo me pueden sudar tanto las manos. ¿Qué hago cuándo lo vea? ¿Notará que estoy hecha un flan? Qué horror. Ostras, cuánta gente, allí hay una mesa. ¿Me verá cuando llegue? Tendré que estar pendiente, no se vaya a pensar que no estoy o que… “Una tónica, por favor. Sí, sí, con mucho hielo. Gracias.”
¿Se puede fumar aquí? Claro que sí, mira que es grande el cenicero. ¿He cogido dinero? Siete, ocho, ocho con cuarenta. Tengo suficiente. ¿Le dejo pagar? No, que cada uno pague lo suyo. O pago yo…, soy una chica independiente… ¿Y eso qué tiene que ver…? Da igual, ocho con cuarenta, juraría que tenía un billete de veinte… Debe de estar por aquí…, tengo que descambiar los zapatos que se me va a pasar la fecha del tiquet… Ah, claro… ¡Cómo va a estar, si me lo gasté antes en el súper!
Cuatro minutos para las ocho. No te impacientes, Rita, todavía no es la hora. ¿Dónde habré puesto el brillo de labios? Con lo hippie que es a lo mejor no le gusta… Mejor no me lo pongo. Y porqué no, no voy a empezar cambiando, estaría bueno… Me lo pongo y ya está. ¡Vaya, me he manchado el pantalón!…, juraría que tenía un kleenex… ¡Ahora no me puedo levantar!… La tónica es como la gaseosa, ¿no? No hay nada más inútil que las servilletitas de los bares… Uf, ya está… Con los calores que tengo, esto se me seca en un visto y no visto.
Total, ¡sólo hemos quedado para tomar algo! Y quedó bien clarito, ninguno de los dos está preparado para nada serio. Amigos. Y de día. Sin alcohol o demás substancias que nos quiten la vergüenza y los prejuicios y acabemos besándonos y soltando las frases más absurdas, y algunos secretos que serán repudiados al día siguiente. Tímidos, buscando y evitando el primer roce, mirándonos las manos. Casi mejor haberme pedido un Martini. A las ocho una ya puede tomarse un Martini, ¿no?
¿Y de qué hablamos? Estoy yo para pensar en eso. Pues de cualquier cosa, mujer, ya saldrán temas, eso no debe preocuparte. Joder, no me queda una maldita uña. De cine, o de ese local nuevo que han abierto en el centro. O de cómo le va el trabajo, creo que dijo que empezaba a estar harto de su trabajo. O de si ya se ha dado cuenta de que soy la mujer de su vida, y que no pienso esperarlo toda la mía.
Y no se te ocurra hacerme daño, que yo ya no creía en el amor hasta que me di cuenta de que me moría de ganas de que tú me quisieras. Cuando me abrazaste medio dormido y algo torpe en mi cama, la misma mañana en que pude cerrar los ojos y no pensar en nada. Y que no se te olvide hacerme reír y hablarme de cosas que no sé mientras te escucho y asiento porque te admiraré como una boba.
“Tráeme otro Martini, guapo, y llévate lo que está vacío, van a pensar que... y yo soy muy digna.” Las ocho y cincuenta y dos. ¿Se podrá pagar con tarjeta? No veo ningún cacharro de esos… La boba, un palillo, y una aceituna. Sólo falta el capullo. Quizá no se ha dado cuenta. ¿Tendré suficiente con esto?
“¿Jordi?… ¿Cómo…? ¿Que has… estado… ahí… todo el rato? Desde las ocho menos diez, ¿dices…?, pues no sabes lo ricas que están las aceitunas…, y el camarero es un amor…¿Adónde vas? Espera hombre, me parece que no tengo suficiente…
¿¡Hola!? ¿¡Se ha ido!? ¿Enfadado? ¡Le importo!... ¡Jordiiii!: ¡Yo también!”
Fragmento del De vuelta, hecho uno para T.
Dónde morder

UNO A MENUDO INSISTE EN OLVIDAR aquello que no le interesa. El dolor, por ejemplo. Lo que no sé es si es consciente de que cuando aparece, de repente, es perro viejo que sabe dónde morder. Un labio cortado, algunas preguntas larguísimas y absurdas, y un hilito de miradas perdidas, primer balance de daños.
— ¿Qué piensas?
— El semáforo se ha puesto verde.
— Sí, ya lo vi. ¿Eso es todo? Qué poco hablas.
— Déjame aquí mismo. No dejo de hablar, pero no todo el mundo puede oír.
Por mucho que insistamos, insisto, aparece, golpea, y te deja aturdido. Cuando te das cuenta, ya te ha robado las pilas de tu reloj, a quien se le ha quedado cara de tonto. Tírame o dame vida. Piénsatelo, no tengo prisa, pero antes ciérrame la boca.
La razón del dolor. Acaso buceando en las historias vividas crees que vas a encontrar los porqués. Tampoco sabes que una respuesta no es un antídoto. Rocíate de Aután si quieres, no evitarás que te pique un mosquito en el codo, o en el dedo gordo del pie. Da gracias que no te pique en la lengua. Una respuesta es el principio de otra pregunta. El problema es que el problema de los que provocan dolor reside en ellos mismos. En aquello que no cuentan, mientras su escupitajo araña tu cara.
“Lo siento, yo no quería”, o “sí quería, no lo siento” viene a ser lo mismo. La razón no se lleva bien con el dolor, para mí que, como ni siquiera se miran a los ojos, ni se conocen. Supongo que el feliz es aquel que no pregunta. Aunque eso conlleve que no sepa. Entender a veces es comprar pena. Y la vida, sí, ya lo sabemos, son cuatro días. Y la lucha no cesa. Yo de ti estudiaría, nada de letras ni números, si no reflejos. Pon atención, sólo sigues jugando si esquivas o aguantas los golpes.
El dolor lo provocan las malas personas. Y también las buenas. Duele igual. Ya tenemos nuevos datos del balance de daños.
I
HACE DOS LUNES, Y NO DOS LUNAS, me pasé treinta y nueve minutos de mi vida tratando de convencer a un conocido de que no se suicidara. Ese mismo lunes, hasta ese momento, una sonrisa estupefacta había colgado de mi cara, sonrisa al fin y al cabo, después de que mi ginecólogo definiera mi útero como “perfecto”.
Los estudios que no acabaré nunca no se asemejan en nada a la psicología casi desesperada que le receté a cañonazos, mientras sonaba de fondo un Calamaro que yo tarareaba mal y encima temblando… ¿Dónde habré puesto el paquete de respuestas? Siempre he sido suficientemente desordenada y mi bolso, en que todo está pero nada encuentro, es fiel reflejo de quién soy. Así, de manera torpe, solté un discurso que me costaba creer, que pretendía ir envuelto en un hermoso lazo azul. Con una nota: “Buenas intenciones”. Lacia señorita que, como algunas cortinas que más bien parecen sábanas de verano, está pero no impide que pase el sol (¿a éste quién lo ha invitado?), el mismo que, mosqueado, acabará quemándote la nariz.
“Dame una razón, porque es que yo no encuentro ninguna.” Espera, me parece que debo de tener alguna de esas por aquí… Anda, un cerrojo, lo vuelvo a meter en el bolso, pasa por arma blanca, y este hombre no necesita más ideas. Hoy mismo, si quisieras, podrías subirte a un avión y aterrizar en otro país. Conocer otras costumbres, aprender lenguas nuevas, descubrir rincones perdidos… Podrías escribir en un libro todas esas ideas que tienes, y engañar a algún editor y conseguir publicarlo, seguro que mucha gente rara querría leerlo… Podrías ir al médico, y cuando te hiciera un chequeo y te confirmara que estás casi sano, podrías alegrarte porque la mitad de la gente está enferma y sin pedirlo. Podrías ir a un buen restaurante con tus amigos y disfrutar de una gran velada mientras os contáis batallitas y os pegáis unas risas. Podrías ir a visitar a tu hija, regalarle unas flores, le darías una sorpresa y ella te daría unos de esos abrazos que curan. Podrías irte a casa, darte un buen baño, afeitarte, ponerte ropa cómoda, sentarte en el sofá y leer un libro, una revista, o un prospecto, y salir luego a dar una vueltecilla por el barrio viejo, comerte un helado de pitufo de esos que sólo a ti te gustan, hace un tiempo magnífico y todo el mundo está en la calle. Podrías pararte a pensar que estás vivo, y que es una suerte que no vivas en Irak porque, en principio, aquí es menos probable que alguien te borre del mapa sin pedirte permiso. Podrías…Un momento, ¿tengo cara de saber dónde está el tesoro?
Busca tú la razón, maldita sea, o invéntatela, todos hacemos lo mismo. No sé cómo se atreve la gente a contagiar miedos propios a los demás. Más frenos para avanzar. Más preguntas para sumar a nuestro ramito de preguntas diarias, y más tiempo perdido, porque cada pregunta trae de regalo un acertijo. “Gracias, pero no lo quiero.” A mí qué me cuentas, es un regalo, y te lo quedas. Un acertijo es una duda que pesa, y una duda es un parón en el camino. Una oportunidad perdida. Un cachito de vida buena que no vas a comerte. A este paso no llegamos nunca a los postres.
"No tengo ganas de ir a un nuevo país donde seguro que me dan una paliza y me roban. Aunque antes quería ir a Viena. Pero vuelves y qué tienes. Nada. No tengo ganas. ¿Pero es que no has visto la tos que tengo? Por eso fumo un tabaco distinto según la tos. Mis amigos están demasiado ocupados, o están casados, y ya no salen. Mi hija no quiere saber nada de mí. Tengo toda la ropa sucia, me duermo leyendo, y además me duelen los dientes cada vez que como helados. No me gusta la gente. Y me importa un carajo estar vivo."
Vaya… no me acordaba.
Un día te diste cuenta de que no te gustaba la gente. Primero te fuiste alejando con sigilo de aquellos que eran felices, esos que en vez de ojos tienen antorchas, esos que derrochan un calor que no te apetecía tener cerca. A los infelices sólo les falta un ser feliz apestando alegría de vivir al lado. Insoportable. Y a ti, eso de poner cara de póquer, te va lo justo. Nunca fuiste un hipócrita, aunque a menudo hubieras pagado por serlo: “¡Caramba! Me alegro por ti, Benavides.” “No sabes la alegría que me das, Zúñiga…” No mucho más tarde, tampoco te gustó la demás gente. Los que hacen lo que pueden para ser, al menos, felices cada cuatro años.
Necesidad de comunicar el dolor. El dolor no es como una enfermad rara o vergonzosa, no se silencia, se chilla, con los ojos, con las manos, con la lengua, con las palabras que no se dicen. Que todo el mundo se entere de que sufro. Dónde quedó el carácter estoico. No, no es ningún jugador de fútbol, es una manera de ser. Como yo estoy jodido, tú también deberás estarlo. No me jodas, Ernesto, que tienes una edad. Y muchos tiros dados. Está bien, quizás no es la mejor expresión para el tema que nos incumbe, pero reconoce que salpicando al de al lado tú seguirás estando mojado.
Desde un tercer piso. Si tienes un hondo penar, piensa en mí. No señor, a uno no le pueden engatusar con un contrato para salvar vidas. Sólo tengo la boca para disparar a los malos. Me vas a tener que perdonar, pero es que ese tema no lo domino. Tú ya no confías en los psicólogos, pero yo sólo sé que, si de algo no sabes, no tienes que dar a entender lo contrario. La ignorancia es un incentivo para seguir llenando la mochila.
No es la primera vez que un conocido me dice que quiere irse a tomar morcilla, con todo el morro picante del mundo y sin gota de pudor. Y me sugiere que haga algo. Que yo haga algo. Sueldo neto: una pesadilla cosida en el flequillo. Sopla, sopla, cabezota, no impedirás que vuelva al mismo sitio. Tan tozuda como el inteligentísimo enamorado que sabe de todo menos de lo que le quita el sueño, y quiere a quien quiere —que sí, que ya me lo has dicho, pero es que resulta que ella a ti no te quiere tanto—. El pobre chaval te dará la razón las dos mil cuarenta y tres veces que se lo recuerdes (porque se coló por casualidad en tu círculo y hoy es tu amigo, porque tú ya lo has vivido, o sólo porque de una maldita vez deje el tema, o solucione el problema) asintiendo con una cabeza que se gastó de tanto usarla, mientras sigue soñando con otro regazo.
Dolores que pesan. Un miércoles cualquiera, llegas a casa, como has llegado tantos otros miércoles, cierras con llave la puerta —no tiene que llegar nadie más— y ves que todo está exactamente como lo has dejado cinco horas antes. Nadie ha recogido las zapatillas que olvidaste en el comedor. Ni tampoco ese mismo nadie o un amigo suyo ha apagado la luz del baño que, con las prisas, quedó encendida. Y, entonces, te das cuenta de que no hay nadie más que tú. Lo cierto es que no te das cuenta literalmente, porque es algo obvio, pero tienes la sensación de descubrirlo en ese momento. Te sientas en el sofá con la americana puesta, sabes que sin ella estarías mejor porque el aire está cargado y hace calor. Sí, claro, las ventanas están cerradas, llevan así todo el día, y estamos en el mes de julio, curiosa reunión de obviedades en este párrafo. Te da igual, pasas de estar cómodo. Pasas tanto que hasta les das una patada a las zapatillas (“¡pero si te estábamos esperando!” Y qué, yo paso). Segundos después, todavía enfadado —a mí no me preguntes por qué, yo sólo cuento la historia— te viene a la cabeza algo que sabías, además desde hace tiempo, pero que habías tapado con tu almohada de látex hasta hoy. Una cucaracha con gafas de sol, que no piensa tanto las cosas y a quien sólo le preocupa que la descubran y la pisen, lo dirá por ti. Amigo, estás triste. Muy triste.
Seguramente no debieras estarlo, porque no te falta el trabajo y el dinero y el gran coche y esos otros lujos que te das porque te da la gana y porque no le debes nada a nadie. Ni siquiera una explicación. Vaya… quizás estás triste por todo eso, hay que ver la vuelta que hemos dado para llegar al principio de todo, otra vez. Aunque, mirándolo por el lado bueno, al menos sabes que tienes un problema. El listo que ahora va a manejar tu vida. Este güisqui lo pago yo. Y luego, ponemos una peli y a dormir.
II
DOLORES QUE QUITAN EL SUEÑO. Un viernes cualquiera, llegas al bar de siempre, te acercas a la barra de siempre y pides una cerveza. No es un proceso instantáneo, pasa un rato desde que te decides a pedir la cerveza y se cumplen tus deseos. Como lo tuyo es la paciencia y que todo vaya lento, pasas el tiempo mirando la repisa llena de alcoholes brillantes que tienes enfrente, y admirando las curvas prohibidas de las muchachitas que sacian sedes ajenas. Ya con la cerveza en la mano, decides fumarte un cigarro, dejas el botellín encima de la barra, no se te ocurra moverte de ahí, te falta lo más importante: el fuego. Levantas la mirada ligeramente, ésta misma, joven, labios pintados con eso que llaman gloss y que debería ser pecado, pechos que si pudieran hablar suplicarían una talla más, por Dios, que nos ahogamos aquí dentro. “Perdona, ¿me das fuego? Gracias”. Y piensas, está buena, la rubia… “Oye, tío, devuélveme mi fuego”. “Ostia, sí, qué despiste, perdona…”. No acabas la frase, pero es que no tiene mucho sentido cuando la otra persona ha pasado de tu cara. “Bah, otra tía vulgar.”
Entonces se te escapa un suspiro —sí, yo también lo creo, realmente patético— cuando, tras rebuscar entre el sinfín de caras que colorean o ensucian el local, te cercioras de que su cara de bombillita no está. La situación te cabrea, pero no puedes controlarlo, tampoco quieres. Tío, la estás buscando. A ella. Y te habías prometido no hacerlo más, después de que te viniera con la historia cansina de que sigue sin tener nada claro, de que mejor “lo dejamos en este punto, no quiero hacerte daño, eres guay, pero ahora quiero ir a mi aire. Nos llamamos”. Pues ya me explicarás cómo se come lo que pasó anoche, tú y tu desesperada manera de besarme están a punto de volverme loco.
Pero eso sólo lo sabes tú. Todo lo que piensas en realidad, y no te enorgullece. Porque confesar que sientes sería como mearse encima, bochornoso. Resulta gracioso, nos creamos una imagen de quien tenemos que ser, y ésa es la que vendemos. La que teóricamente nos mantiene a flote. Así que, cuando tu grupo de colegas dé contigo, te den una colleja y te pregunten de dónde sales a estas horas y todavía sereno responderás, bebiéndote de un sorbo la angustia, “ostia, llevo toda la noche buscándoos. ¿Habéis visto las tetas de la rubia?”.
Tampoco es tan difícil mentir, piensas. Soy un capullo, pero ellos no lo saben. Amo a Laura. Con la misma cara de tonto y de quico que ellos. O quizás sí lo saben, pero evitan reconocerlo, son mis amigos. Hablarás, animado, te partirás de risa y beberás todo lo que te pongan. Ella, y su jodida bombillita, omnipresentes. Seguro que ha salido, me dijo que había quedado con las amigas, que tenía ganas de reírse un rato y desconectar de todo. Olvidarse de los problemas. Del trabajo, de su ex… Debe de estar por aquí. Las dos menos cuarto, ya debería estar aquí. Un momento, a lo mejor ha quedado con aquel cabrón del que me habló el otro día, el niñato de los mensajitos… ¿Aquella de allí no es su amiga? ¿La que siempre dice que tiene sueño? ¡Ostia, un mensaje!
III
DOLOR Y ABISMO. Un jueves cualquiera, quedas para comer con quien es tu pareja desde hace muchos y muchos jueves, os encontráis tenuemente, os miráis tenuemente, os besáis tenuemente, y os disponéis a hacer lo que pone en el guión: comer y, de vez en cuando, levantar la vista, y hacer algún comentario. La languidez del momento, todavía hoy sigues sin saber cómo, se romperá gracias a una, por supuesto, tenue discusión. La discusión es un botoncito que activa una bomba que revienta cotidianeidades. Ella en realidad es una mandada, los que están detrás, esos son los que manejan el cotarro. Las rabias calladas, los reproches anotados, las medias verdades, que habéis ido juntando año tras año en la mesa de la cocina, en la taza del váter, encima del microondas… y que se mueren de ganas de hacerse con el micro y empezar a cantar. Entonces, ocurre. Se derrumba el escenario en el que os acurrucabais los dos. Lo explico en plural, pero normalmente es uno el elegido para hacer los honores. Para dar la patadita. Y armar el jaleo. Y cargarse algo que cojeaba por todos lados. Pero que iba tirando. ¿Qué tal estáis? Vamos tirando. Ojo, ante esa pregunta, que a vosotros más bien os suena a acusación, todo lo que se suele responder es mentira. Uno dice lo que los demás esperan oír con tal de que cierren el pico.
Nadie resulta herido, pero dos mueren. Y tú, que acabas de ser rebautizada como “tú” y que con toda la dignidad que cabe en un puño has aceptado ser despojada del “nosotros”, te vas. Sin despedirte, porque no tiene sentido repetir lo que dos personas se dijeron hace tiempo. Lo de hoy es puro trámite. Un papeleo mental que va a marcar tus días y tus noches hasta que deje de hacerlo. Hasta que archives el caso sin resolver la mañana en que despiertes, tras haber dormido varias horas seguidas, y seas consciente de que no llegas a ningún sitio investigando hipótesis que sólo pueden pagarte con un par de ojeras gris metalizado, en fin, ojeras.
Y a otra cosa, mariposa. Aunque ahora no lo sepas, y sólo llegues a pensar que tienes que aprendértelo todo otra vez. Porque tu vida te parece un zumo de melocotón que un gracioso que no hace gracia ha derramado por el suelo, y tú has perdido el equilibrio y no hay Dios que pueda despegar tus morros del parquet.
Y allí empieza todo, aunque para ti no exista nada. “Mi vida por una brújula.” Y la mía por no saberme la historia de memoria. “Y mis recuerdos por un nuevo lugar callado donde acurrucarme.” De vuestro hogar hasta ese instante ya no queda nada, aunque todo siga en el mismo sitio. La foto de las últimas vacaciones en la nieve, su nariz roja, tu nariz roja, el horrible jarrón rosa que te regaló tu suegra y que no pegaba nada con los muebles del comedor, tus libros gordos que tanto le molestaban, sus revistas de motos que aparecían hasta detrás de las macetas, ay, tus macetas, las postales en blanco y negro que os enviaban vuestros amigos…
Sí, me he dado cuenta: evitas tocar la cama, el sofá, las tazas del café… porque parece que ya no tienen nada que ver contigo, aunque esta mañana todavía eran tuyos. De hecho, esta mañana no se te hubiera ocurrido replantearte nada de toda esta especie de locura que vives ahora. Qué extraño, no reconozco mi propia vida. ¿Qué me llevo?
En el ascensor, quisieras evitar mirarte en el espejo, pero también buscarás ahí reconocerte, o al menos ver qué diablos va a pasar ahora. Pasarán años y todavía recordarás ese momento. “Buenas tardes, vecina del quinto, no me mire así, es que me acaban de dejar y está a punto de darme algo. Sí, yo también bajo, gracias, aunque no sé dónde.”
Has caído, como una losa, y cuando te has levantado la película ya había empezado. Personas que no conoces se mueven como si supieran adónde van, y te miran cabreados porque les molesta que sigas ahí, parada, abrazada a tu estómago, con cara de no haberte estudiado el papel y con una maleta vacía o llena que pesa más que tus fuerzas. Creo que me he perdido, y creo que tengo hambre, aunque sólo me apetece hartarme de llorar.
En la medida de lo posible y lo imposible, tú ya tenías controlada tu vida. Al menos, es lo que creías, al haber asumido que la felicidad consistía en una tranquilidad blandita que te había aconsejado, no sabes bien desde cuándo, no hacer demasiadas preguntas. Ahora, tras borrar la vieja definición, y con un par de fresas, tendrás que inventarte otra nueva, porque, lo siento en el alma, ésa no era. Uno a menudo insiste en olvidar aquello que no le interesa. El dolor, por ejemplo.
28 abril - principios de mayo de 2007
Ausencia, Pablo Neruda (fragmento)

Pero espérame,
guárdame tu dulzura.
Yo te daré también
una rosa.
Maldita ranura

HE VISTO CÓMO BUSCAN. He visto cómo miran, mordiéndose los labios a menudo, a la espera de haber acertado cuando den contigo. Mínimamente. No necesitan más. Te encontrarán, no me preguntes cómo y, una vez ocurra, ya no podrás despegarte de ellos. No te dejarán, tampoco sabrías cómo demonios hacerlo. Y, te parecerá sorprendente, tampoco querrás hacerlo.
Capturado.
Te dejarás envolver por ellos, y serás absorbido por sus vidas. Lentamente. De manera implacable. Hasta que formen un uno con tu vida. Y ya nada volverá a ser como antes, y no tararees, esto no es el título de ninguna canción. Ya nada volverá a ser exclusivamente tuyo, personal, intransferible. Íntimo. Te contarán, y tú escucharás, porque son tus amigos o porque sólo quisiste ser amable con un desconocido. Y entonces no habrá vuelta a atrás. A partir de ese momento, su vida se meterá contigo en la cama, y protagonizará más de uno de tus sueños.
Tus sueños. Sus sueños. Sueños.
Conocerás a otros como tú. Quizás durante una conversación nimia. Y compartiréis, con extraño orgullo, la misma sensación: la constante necesidad de responder a las preguntas de otras vidas. Con respuestas exigidas, disfrazadas de consejos, que no tendrán nada que ver con vuestras angustias. Buenos guiones que curen gritos en cualquier momento.
Y un día te darás cuenta de que desconfías de los silencios, esos que antes endulzaban tu cotidianeidad, porque sabes que algo, que pronto conocerás, está pasando. Y tendrás que pensar, rápido. Dar respuestas. Y no se te perdonará que un día no quieras escribir guiones, no se te perdonará porque todo lo demás será menos importante.
Serás consciente de que lo que escribas será bueno para las otras vidas, nunca para ti. Te lo dijeron el primer día. Aquella reacción tuya, descaradamente incrédula, hoy te abofetea en la cara. Tenían razón. No sirve para ti. Nada de lo que sepas escribir, con la certeza del que sabe la verdad, servirá para ser tú más feliz. Maldita ranura que estará ahí, y que se irá tragando tus deseos. Para que no pierdas el tiempo, pensando en ti. ¿Otra vez tarareando? Las canciones son mensajes cifrados pidiendo auxilio, ¿quieres más gritos? No vuelvas a hacerlo.
Hasta el día en que ya no te mortifique.
Escribir para otros vidas mejores es un trabajo como cualquier otro. Apreciarás tus nuevas aficiones: guardar grandes, qué digo grandes, asombrosos secretos, desenmascarar el significado de reacciones o de silencios, razonar, y convencer. Aprender, para llenar barriles de respuestas, para ampliar el campo de los aciertos.
Tu libro de cabecera, las vidas que crucen por tu camino. Y, si realmente eres bueno, un día te encontrarás casualmente con el dolor, ése al que todos temen, pero tú no tendrás miedo. Sí, es curioso, pasará de largo, sin inmutarle tu presencia, porque no es a ti a quien busca. Entonces sonreirás, como un estúpido, con la tranquilidad del que no siente nada. “Qué suerte la mía”, pensarás, y seguirás escribiendo.
Sin contar las cucarachas

PERFECTO DÍA HOY. La temperatura ha bajado en cuestión de horas lo suficiente para que el otoño se presentara de repente, con un bofetón en la mochila. Vengo a merendar, me ha dicho, traigo tequila en la cantimplora. Mis labios cortados ya me quisieron avisar hace un par de días, pero yo, ilusa siempre, ni caso. También se ha pasado por aquí la lluvia, tan maleducada en esta época, que me ha recordado que estoy baja de ánimos. Gracias, no era necesario, no entiendo cómo se empeñan algunos en repetir cien veces las cosas que a uno no gustan, y que de sobras conoce. Y permite, aunque no sepa decir por qué ni quiera convencer a nadie de que lo sabe. Tienes mala cara, ese chico no hace para ti, no te preocupes, ya encontrarás novio, qué culo tan raro te hacen esos pantalones, y... si dejas el trabajo, ¿de qué vivirás?... Sí, ya lo sé, ya lo sé. Admiro la capacidad de dar de los que aman. Cuando yo sólo quiero que me dejen en paz.
El otoño se entremezcla con los cambios que me están tapando, y que tanto pesan. Como el edredón que no sabes bien cuándo poner. Y que en esta ocasión se ha puesto solito. Las personas cada vez importamos menos.
La ventana por la que miro se ha propuesto enseñarme poco. Antes, descubrir la catedral, a lo lejos, me hacía sentir orgullosa, no me preguntes porqué, las cosas más tontas producen en la gente como yo sentimientos dispares. La catedral de la ciudad que me acoge, y que tan poco quise, orgullo; mi madre, que sólo habla para reñirme, ternura; mi sobrina de pocos meses, que ya me sonríe, miedo; yo misma, cansancio cuando no locura. Ahora pisos que aparecen más rápido que una arruga me obligan a mirar ladrillos sin gracia. Con la poca poesía que encuentro en un ladrillo, o en un millón de ellos, por muy bien colocaditos que los hayan puesto a todos. Muchas gracias, señor constructor, que un día me prometiste el cielo y hoy me ofreces obra vista.
— Oye, cariño, eso que estás haciendo que te dé dinero, porque si es para perder el tiempo... para perder el tiempo ya estoy yo...
— Hay palabras que se dicen, sí, pero que no son necesarias.
— Sí, ya, pero que te dé dinero...
Dinero. Nunca algo tan repugnante gustó tanto. Sin contar las cucarachas, claro.
12 de octubre de 2004
Ya soy ama

TARDÉ MUCHO en volverme a sentar y escribir, escribir para mí. Para otros no dejé de hacerlo nunca. Me había acomodado en esa tranquilidad engañosa que me aturdía y evitaba que pensara en cosas que de verdad me importaban. Y me asustaban. El otro día volví a acordarme de él. Mientras resuelvo mi presente con bofetadas sordas y trapos de cocina, parece mentira que mi cabeza insista en devolverlo a mí, ahora. Ya casi era de otra época, de otro color, aunque no me costó pasearme con él entre días que creí haber guardado para siempre bajo llave en un baúl. O mejor debajo de una losa grande y gorda, que yo nunca he tenido un baúl. Cuando mi vida se dirigía hacia otra dirección.
Me voy a hacer un collar de facturas para que me veas bien guapa, y me colocaré el estropajo de reloj para no perder tiempo. No olvides quitar el polvo a todo lo que se preste y plánchame la boca con tu lengua ahora, en casa, que no nos ve nadie, aunque nos oiga el vecino. Y nosotros al crío del vecino, cuando se queda sin papel en el baño, cuanto zurra a la hermana o cuando, a menudo, saca de quicio a la madre. Y además tira piedras a nuestro gato, y bolis, y pelotas, a saber cuántas pelotas le deben quedar al niño ese. En este lugar que es raro y es nuestro y del banco y se llama hogar pero aún no conozco, ni acabo de sentir como mío. Prepárate porque cuando llegues hoy me verás diferente. Me habré perfumado toda y te volverás loco de amor por mí, y yo me reiré durante horas y la noche pasará así, con risas y alcohol que huele a limpio y mañana despertarás abrazado a mi vientre y yo con una sonrisa dormida y pegajosa.
Y mañana comeremos lentejas. Ya me he apuntado la receta para no olvidarme de los ajos, el pimiento y la cebolla... Te vas a poner contento y gordo cuando me veas de ama, de casa, claro, rodeada de tantas ollas. Tranquilo hombre... que ya fregaré yo luego y lo dejaré todo recogido. Que después dices que soy muy lenta y que todo lo ensucio para un plato de nada. Con la ilusión que le pongo. Es que me meto en la cocina y me gusta hacer las cosas tranquila y se me pasa el tiempo, y a ti te viene el hambre, y el genio, ay, qué gruñón eres, y entonces vienes y me asustas. Y yo grito como loca y no se me entiende nada. Y tú te ríes porque te gusta meterte conmigo y yo parezco una loba. Lárgate de la cocina o te meto en la olla. Idiota, yo aquí como una tonta y tú... es que... tú ya no me quieres. No pienso darte un beso! ...vete..., anda, no prometas nada que siempre te puede el sueño... es que me tienes abandonada... ¡Leche! ¡Que se me pegan las lentejas!
4 de abril de 2003
¿Y tú quién eres? / Fauna nocturna

LA BARRA DE UNA DISCOTECA es como una jaula, pero al revés. Las fieras están fuera. Gritan, se empujan, insultan, gruñen, saltan, bailan, ríen, lloran, miran y, sobre todo, buscan. Me llamo Sara y trabajo de camarera en una discoteca de moda, en La discoteca de moda. Lo más. De noche, cuando todo es más claro.
Me han pedido que os hable de mi trabajo, pero lo divertido de mi trabajo es lo que no se cuenta de él. Así que voy a hablaros de vosotros, los que alguna vez pisásteis una discoteca, y yo os he visto. Dos son las cosas que hace la gente cuando llega a una discoteca: la primera, ir al lavabo:
— Un momento... Voy al lavabo.
— Ah, sí, yo también.
— Esperad, os acompaño, a ver cómo son...
La segunda, correr hacia la barra, la primera barra que encuentren. Allí estoy yo, y ahí empieza la historia. Atrás queda el ingenio, los nervios y la cara de buenos que ponen algunos para entrar a formar parte de los elegidos y poder entrar, ay, a La discoteca. Y atrás los que tuvieron que ir a casa tres veces para cambiarse de ropa y tendrán que hacerlo una cuarta porque hoy no es su día de suerte. Cuando se ha pasado la primera fase, guau, uno ya es libre, qué guay, ya estás dentro, y hay que celebrarlo. El siguiente objetivo a veces es más duro. Hay que llegar hasta la barra. La barra...uhhhh, la barra guapa nos espera allí, detrás de cientos de cuerpos que se agitan, huelen y parecen decididos a no dejarte pasar. Coño, parecen piedras que alguien ha puesto aquí con muy mala idea. Y claro, en La todo está lleno de piedras y no hay dios que pueda pasar...
Empieza la Operación Cubata... El alcohol es como una boca hermosa y extraña, una maliciosa turbulencia que a muchos atrae y a muchos pierde... Y tú, oh camarero guapo-tío-bueno-masiso-apañao trae para acá que tengo que calmar mi sed. O mi miedo. Todos, sin excepción, se agolpan como pasa en el Tetris en las barras. Desde el que ya forma parte del mobiliario (¿ése es Carlos o un bafle?), el que viene siempre pero todavía no sabe dónde están los lavabos (¡¡subiendo las es-ca-le-ras!!), el que no entiende cómo puede costar tanto un cubata (¡La semana pasada no valía tanto!), el que se pierde siempre (¿dónde dices que están los lavabos?), el que te puede tirar del pódium como te despistes (¡Mira que es grande la discoteca!), el que usa un perfume que más bien parece mata-humanos (¡Madre mía, qué pestazo!), el que ve enanitos colgados del techo (Mira, mira, ¡se están riendo de mí!), y el más conocido y relevante en el lugar: el que ve doble (¿Carlos?, ¡me vas a dejar sordo! —Perdona, tío, soy un bafle—).
La gente suele llegar a la discoteca en grupo, en pareja o a tientas. Los grupos arman jaleo ya en la puerta, vienen con una euforia chillona cuya mejor explicación nos la daría el vino peleón donde los haya que han engullido, como unos valientes, durante la cena. Por llamarle de alguna manera. Cómo no reconocer esas risas, el cachondeito, y esos mofletes que como el ADN todo el mundo tiene pero cada uno diferente. Son los únicos que no tienen frío esperando la larga cola en la calle, humm..., sospechoso. El grupo pasa la frontera y se crece, se le oye gritar como simio contento y seguro del triunfo... Vaya, y sólo han entrado a una discoteca. En la barra, son los típicos que a) si son pijos, te hacen el gran favor de pedirte a ti, insulso camarero, una copa, su copa. Y rapidito, que la noche es corta y las rubias escasean (las de verdad, claro). El pijo habla en voz baja y, bueno, pues el camarero no se entera y después de vociferar un “no-te-entiendo” que más bien suena a “¿qué-te-crees-tío-que-esto-es-el-cine?” le atiende rápidamente. Porque eso sí, fuera de la barra todo ocurre a su tiempo, a veces ni ocurre, pero dentro de una barra el tiempo brilla porque pocos lo han visto. De todas formas, servir un cubata a un pijo es bastante sencillo. Este tipo de gente bebe lo mismo, todos, y si no quieres esperarte a que su excelencia te vuelva a decir qué es lo que le apetece beber pues le pones un gintonic con la primera ginebra que te pille cerca y ni se entera. Pero hay que tener cuidado porque si te ve querrá Befeeter y, bueno, ya la has cagao. ¡A eso venía lo de rápido! Los grupos formados por no-pijos son más complicados, o lo que es lo mismo, tocan más la moral. Cada uno toma algo diferente y la característica que les une es la gran imaginación y la falta de lógica a la hora de seleccionar la copa (¿seguro que eso se puede mezclar?).
El peligro acecha si a los meticulosos porteros-forenses se les ha colado un grupo b) chungo. Cuidado. Muerden, ay, hablan fuerte. Estos no tendrán que repetírtelo. También sabes, cuando los ves, qué van a beber, pero con una simpatía arrolladora y pretendidamente artificial lo preguntas. Por si acaso. Por lo del buen rollito. Vamos, para que siga la fiesta y tú con todos los dientes. Es broma. Pero por si acaso, sonría, por favor, y no parpadee. Suelen pedir a las camareras, porque nadie puede mirar a sus chicas. Imagina un camarero guapo-tío-bueno-masiso-apañao sonriendo a... No quiero ni pensarlo. El grupo más concurrido es el formado por c) niñas. Llamémosle “niñas” a aquellas féminas a modo de Lolita que vienen de una fiesta de disfraces. Espectáculos dignos de ver. Son las que aparecen con la mochila y que suben al lavabo con dieciséis años y bajan con diez más, años, claro, porque lo que son centímetros... (“¿Te gusta mi falda?, es nueva.” --“¿Falda? ¡Qué tonta, creía que era un cinturón!”). Ellas son su propia moda, la última moda. Combinaciones inverosímiles que con seguridad aplastante contonearán como unas reinas. A menudo no son guapas, ni les hace falta, lo importante es que hay que derrochar calor, mucho calor, y que se tapen otras que a mí la ropa me sobra. A la hora de pedir una copa, esperarán con paciencia y tesón que “su” camarero, el más joven-guapo-tío-bueno-masiso-apañao les atienda a ellas, les ponga un chupito y les guiñe un ojo, ¡y hala, a bailar un ratito!
La gente, una vez repostado, después de varios intentos de soborno sin gracia para conseguir copas gratis (“Una para ti, ¡guapa!” –Sólo faltaría qué tú me pagaras a mí la bebida!-) y otros tanto de escaqueo meticulosamente planeado a la hora de pagar... (“Perdona, sí, tú, el cubata no es gratis”), siente dentro de sí que ahora empieza de verdad la fiesta, la caza, vamos, las dos cosas. Primordial en este momento encontrar la zona idónea, o la zona más idónea que hayan dejado los que vinieron antes, lo ideal es que tenga buenas vistas... y pocos hombres, dirían algunos. Luego... todo es cuestión de química, o de pocos escrúpulos, según como se mire. Porque triunfar se triunfa, eso seguro...
2004. Continuará...
La pitonisa (proyecto de monólogo)

SOY PITONISA desde hace poco, vamos, desde que acerté. Le dije a un conocido que encontré en la cola del supermercado “el día menos pensado, te encuentras con un capullo y te pega un tiro”. Y así fue. El día menos pensado fue un martes, y al conocido le pegaron un tiro. Ahí empezó todo.
El conocido pasó a llamarse Juan y yo pasé a ser su angelita de la guarda. Juan se convirtió en el mejor comercial desinteresado que pudiera imaginar. Mi casa, hasta entonces sólo eso, pasó a ser la plaza mayor donde se reunía cada tarde todo aquel que, de muy buena tinta, sabía que allí había una pitonisa, una pitonisa muy buena. Ésa era yo. “Rita, pitonisa.” Todavía se me ponen los pelos de punta de la emoción.
Fue Juan quien me planteó la necesaria idea de convertirme al “pitonismo”, como él mismo lo llamó. Y yo, que por aquel entonces todo lo que no entendía lo buscaba en mi super enciclopedia Salvat —una mala manía la tiene cualquiera— no dudé en interesarme por una ciencia tan oculta... que ni tan sólo aparecía en los libros. También tengo que decir que tampoco tenía nada más interesante que hacer, y que me proporcionara mayores beneficios económicos sin necesidad de madrugar... Así fue como yo... me lo pensé. O no.
El azar, eso que dicen inventaron los racionalistas para “explicar” aquello que no entendían, a mí me hace las veces de diccionario. Si coges un papel y apuntas las posibles respuestas a una situación, el azar es más limitado de lo que uno cree. El futuro que les espera a otros para nosotros es limitado. Para mí está en una libreta donde he ido anotando, con letra de señorita de colegio, los tres “ejes fundamentales”: el problema, las posibles resoluciones, y mi resolución. La verdad elegida y venerada con todas las plegarias que conozco —yo rezo mientras que el que espera “la respuesta” piensa que estoy en trance— porque, si una cosa tiene mi trabajo, es que se reza mucho, lo que sea, pero que suene a solemne, para que lo que me salga por esa boquita de oro que me ha dado Dios sea la verdadera verdad intachable. O tenga cierto parecido con la realidad, que después ya me encargo yo de encontrar los misteriosos lazos que unen lo que dije con lo que realmente pasó —arriba la imaginación—, o de cambiar de ciudad. Esto último va a ser que no me preocupa, desde mis inicios en las artes misteriosas y ocultas la fama me sigue, vamos, casi podría decir que me acompaña, fiel compañera, cuando de pueblo en pueblo salto a veces con tal de conservar bien alta (y bien colocadita encima de los hombros) mi cabeza.
No es que tenga miedo de fallar. Ya no, lo que ahora me da pánico, me aterroriza, es que a alguno de los clientes apasionados o recelosos que me requieren no le guste mi elección. Porque, si una cosa clarita tengo, es que más de uno viene con un “no te creo timadora” pegado en una cara de “a mí no me vas a sacar el dinero tan fácilmente, chupasangre”. Porque, maldita sea la hora en que se pone a estudiar la gente, cada vez me quedan menos de los “dígame señorita, qué me va a pasar...”. Con estas delicias humanas de bondadosas almas pronto paso a la acción, ellos son mis clientes favoritos, los que realmente creen en mí, en mi esfuerzo soberano por arreglarles la vida, dictándoles el recto camino, ofreciéndoles mis certezas, y cerciorándome del buen uso de sus bienes. Que hay mucho chorizo por ahí, y yo al menos puedo decir bien alto que acerté una vez. Un delito de sangre, oye, que no es cosa de broma.
Almas bondadosas que quizás ya no crean en nada más. Pero hay que ser, siempre, por encima de todo, un profesional, y calmar sus angustias: “Señora, venga para acá que ya le digo yo lo que va a pasar... Uy, mucho me temo que esto no lo voy a poder descifrar con solo una sesión...”, o lo que es lo mismo, “mira vieja, yo no suelto ni pío hasta la tercera vez que pases por caja”. Sin miedo, ni compasión. Al menos no por fuera. En realidad, esos momentos los pasa una con un mal cuerpo que ni te cuento, con un “espero que no se dé cuenta de que me estoy meando encima” escrito en la frente, pero entonces, con la mirada agarrada a la bola de cristal llena de dedos marcados —lo que me recuerda que tengo que comprar limpia cristales—, me toco el pañuelo del mercadillo que me queda que ni pintado en la cabeza, y empiezo a mover las manos, con ese arte que nunca tuve pero que apenas se ve con esta luz tan pobre y encima roja que un día de estos me va a dejar ciega: “Empiezo a ver algo...”. Eso es todo. Suficiente para nuestra primera cita. No se vaya a pensar que Rita es una pitonisa fácil.
Uno de los problemas con los que se encuentra una tiene que ver con las prisas. Hay que ver, la cantidad de clientes que te vienen y quieren que aciertes algo que ellos no saben, y encima te meten prisa. Ayyy, qué mala sangre me entra cuando me meten prisas. Yo necesito mi tiempo, y mis análisis y estudios requieren de un tiempo que no cabe en una visita, oye, mete 235 cábalas en media hora. Imposible, no cabe. Vuelva usted mañana, a la misma hora, con la misma cantidad de dinero, y más calma, chiquillo, que así no tiene manera una de ponerse en trance, y escuchar lo que dicen los Otros.
Enero de 2005
